Un adiós en el día nacional de la poesía

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Apreciados lectores de Las Peras del Olmo:

Hemos decidido cerrar operaciones en Costa Rica. Desde el inicio, sabíamos que mantener un proyecto de esta naturaleza es sumamente difícil, por múltiples razones. La crítica, no cabe duda, es un oficio ingrato. Como la escritura, en general. Pero no lo decimos con amargura. Al contrario, con realismo. Quien espere grandes retribuciones de la escritura escogió el camino equivocado.

Pues bien. Ahora estamos cerrando un ciclo, que empezó con nuestra propuesta y con la crítica del Aquileo de poesía 2015. En ese espíritu, hoy, 31 de enero de 2017, día nacional de la poesía, luego de que se anunció el Aquileo del 2016, y que resultó ser uno de los mejores libros según ustedes, nuestros lectores, damos por finalizada nuestra labor.

Varios puntos o aprendizajes que nos parece importante rescatar:

  1. En Costa Rica seguimos preocupados por las personas, por los nombres, jamás por las ideas, por los libros.
  2. Es angustiante saber que el medio literario considera que sólo dos o tres personas -a lo sumo- son capaces de llevar a cabo la tarea crítica que nosotros hacemos en este espacio. Nosotros no creemos que sea así, por eso esto es una invitación a que abandonen los temores y se lancen a manifestar sus ideas sobre los libros que leen.
  3. La crítica literaria no tiene por qué ser un discurso rígido y exclusivo de los académicos o de los escritores laureados. La crítica tiene muchas formas y se desarrolla en múltiples frentes.

Gracias a quienes nos apoyaron, a quienes nos siguieron, a quienes compartieron desinteresadamente nuestros contenidos, a quienes nos enviaron mensajes. Fue una grata experiencia compartir con todos ustedes este año dedicados a la crítica literaria.

Que los dioses les sean propicios. Un saludo caluroso para todos.

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“Las fábulas del erial”: como promesas en campaña política

Reseña de Andrés Barrantes Solís
para Las Peras del Olmo

 

Juan Alberto Corrales, Las fábulas del erial (varias ediciones), San José: Guayacán / Tecnilibros, 104 pp.

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Por parte de Juan Alberto Corrales y la Editorial Guayacán nos llega un poemario que de entrada –con semejante portada y título– ya nos daba qué pensar, sin estar seguros de si ese “qué” sería positivo o negativo.

Con un muy generoso texto de contraportada, elaborado por Alfonso Chase, que nos promete una bocanada de aire fresco, de un poemario fértil y asombroso, nos quedamos ante –como lo enuncia su propio título– un erial, un terreno sin cultivar. El libro es una extensa llanura de más de 60 textos cargados de una elaboración cuidadosa, un lenguaje interesante a ratos, pero con recursos estilísticos y comunicativos bastante flojos. Valga señalar que se trata además de una obra que compila todo el trabajo de su autor, desde 1996, y que se nos presenta como un híbrido entre relatos y poemas.

Luego de algunos buenos –y escasos– momentos, nos adentramos en un ir y venir de lugares comunes, que pretenden esconder o revelar realidades universales, pero que a nuestro parecer, se esconden de una manera más efectiva que la mismísima Anna Frank. Si bien es cierto el lugar común no es un recurso que deba despreciarse por puro capricho, nos enfrentamos a una lectura en la que se trata de encuadrar figuras en nuevas maneras de poetizar, pero que caen inevitablemente en poemas que se han escrito mil veces con palabras diferentes, y de las cuales con suerte tres o cuatro han sido eficientes: “protege su descanso con su escudo de diamante / posa tus labios sobre su frente antes que el invierno envuelva a la naturaleza con mortajas de sombra y su reino” (p. 19).

Los textos nos ubican en una ciudad distópica llamada Ur, donde los elementos fantásticos van y vienen, pero ninguno llega a quedarse. En teoría, esa ciudad es cualquier ciudad, pero no tenemos una manera eficiente de relacionar los textos con una realidad cercana, como lectores estamos huérfanos ante la posibilidad de apropiarnos de los versos.

Existe en el libro una constante lucha por separarse de las formas poéticas más novedosas, y más bien por ello cae en un tono trascendentalista aún más aburrido –como si eso fuera posible–. Dicha pelea es un rotundo empate a cero, o en todo caso, el único que pierde es el lector.

Hay una consistencia muy  marcada en el libro que se expresa mediante sus títulos. Voy a ser consecuente: una “cascada interminable de formas repetidas, figuras trilladas, recursos explotados hasta el cansancio”. Vemos por ejemplo “A la luna”, “A la noche”, “Hada púrpura”, “Hojas púrpura”, “Nieve azul”, “Morado cristal” o “Estrella del alba””, tropos que ni Corín Tellado usaría.

La promesa de verdades eternas en el libro nos hace terminarlo porque –bueno, ya lo empezamos, somos débiles– queremos ser magnánimos con esta propuesta aunque nos ataque con misíles del tipo “Prometeo tiene un panal relleno con candelas preso en una torre / ahí se imprimen las herejías más célebres / la deificación de la razón es abominable / abandona tu instrucción, escucha clamar tu nombre” (p. 32) o textos no aptos para diabéticos como “… coronas azules se mecen en tu pelo / hurí hurí zafír de ensueño” (p. 73).

En resumen, es un libro que poco nos convence por su cansado estilo, por ser en exceso repetitivo, pretencioso, cuyos recuerdos se agotan apenas terminada su lectura.

Veredicto: una estrella (que puede ser morada, azul o púrpura, color del inevitable frío del invierno que envuelve nuestras negras noches mientras esperamos el alba para ver arder el cielo –insertar suspiro aquí).
Sentencia: convertirse en un ser fantástico todas las navidades.

 

Página del libro en Wikipedia

Notas en prensa: Semanario Universidad y La Prensa Libre

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Los mejores poemarios costarricenses del 2016 según nuestros lectores

Aquí está nuestro especial de fin de año. Presentamos los 10 poemarios favoritos de nuestros lectores para este 2016.

752px-carl_spitzweg_-_the_poor_poet_-_wga21687El poeta pobre de Carl Spitzweg

La selección de los 10 libros preferidos del 2016 por el público para Las Peras del Olmo ofrece una muestra variopinta. Tan disímiles entre sí pueden ser los libros escogidos como las treinta personas que emitieron sus votos, la mayoría de ellas dedicadas a la literatura. Da gusto observar la proyección de algunos autores, pues los tres primeros lugares son para libros editados en el extranjero. De igual forma, hay variedad de editoriales representadas, desde grandes transnacionales hasta editoriales independientes que recién arrancan, públicas y privadas. También, llama la atención la amplia representación de trabajos compilatorios a la vez que no dejan de extrañarse algunas ausencias. Pero una vez más, esta lista ha sido elaborada por los lectores, no por nosotros. Lo que sí hemos preparado es este especial con reseñas muy breves de cada libro seleccionado, con la invitación permanente de que los busquen, los lean y los pongan a circular. Con ustedes, los 10 libros escogidos por los lectores:

  1. Wallau (Valparíso, México), G.A. Chaves

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Desde el título, entramos en un universo pletórico de sugerencias. Se trata sin duda de un libro cuidado y bien cincelado. Destaca la precisión y eficacia del verbo de Gustavo Chaves. Su lenguaje es depurado, plenamente consciente de los recursos que utiliza, los cuales despliega con imaginación, sin renunciar nunca al tropo cotidiano, bien afincado en referentes concretos, que aportan vitalidad y cercanía, a la vez que sutileza. Estamos frente a un libro realmente destacable como pocos, en el que sobresale la segunda parte, la elegía por el padre muerto, ese Wallau del título, deslumbrante lección poética sobre el modo en que es posible llevar al terreno literario una vivencia personal y convertirla en poesía. Finalmente, la tercera parte reúne poemas del primer libro de Chaves, Vida ajena, y a juzgar por esta muestra, se trata de otro libro de gran factura, donde destacamos el poema “Por el río sinuoso”, texto complejo de largo aliento.

  1. Falso documental. Poesía completa: 1997-2016 (Seix Barral, Argentina), Luis Chaves

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Qué duda cabe de la importancia y significación del trabajo de Luis Chaves en la poesía costarricense y de la región, algo que el espaldarazo del sello internacional Seix Barral viene tan solo a confirmar. Falso documental reúne la obra poética completa de su autor (o al menos de la que se sigue haciendo responsable, pues omite su primer libro, El anónimo) y de alguna manera viene a ser su graduación, la rúbrica al final de una carrera de veinte años. La poesía de Chaves ha sabido tocar fibras particulares en lectores diversos. Quizá sea la cercanía de sus referentes, la sencillez con que los trata, la simpleza de una voz afable que también ha sido tocada por la pérdida. Quizá sea que como pocos ha sabido interpretar el signo de sus tiempos y los ha transmutado en literatura, una literatura que así reunida es la proyección de una nostálgica película latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.

  1. Treinta y seis daguerrotipos de Diotima desnuda (La Isla de Siltolá, España), Mauricio Molina Delgado

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La poesía de Molina se ha caracterizado siempre por una búsqueda estética de corte experimental, en sintonía con las vanguardias del siglo XX. Sus libros han sido la invención y reinvención de un código poético en constante transformación. Quizá por eso han pecado en ocasiones de una gratuita oscuridad. Pero en estos treinta y seis daguerrotipos, su poesía brilla con claridad, sin renunciar a su identidad. Se trata de un conjunto delicadamente construido, como lo prueba el poema en cinco partes “Traducción imposible de un soneto de John Paele Bishop”, de lo más destacable del libro. En estos poemas, Molina logra balancear una cuota de inteligencia y una de intimidad, elemento este último a veces escaso en sus anteriores trabajos. Hacia el final del libro vuelve sobre algunos tics de su poesía concreta, conceptual o visual, que restan fuerza en el cierre; sin embargo,  es este quizá el único “pero” que ponemos.

  1. El otro Damián (Euned), Rodrigo Zúñiga

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La mayor virtud de este libro es su ambiciosa estructura. Hemos señalado insistentemente poemarios cuyas divisiones internas no aportan nada; por el contrario, en este de Zúñiga el ordenamiento de los textos ofrece una estructura “narrativa” de gran significado. En cuanto a los poemas, bien ejecutados, se nutren de imágenes interesantes y llenas de plasticidad. Ahora, si hay un problema, este radica en el tema central, pues puede resultar lugar común: el doble (insinuado desde la portada), el sujeto que habla en nuestro interior o la voz que le habla ese sujeto. Materia rica y arriesgada, no cabe duda, pero que aún debió madurar un poco más para ofrecer un texto de mayor potencia en cuanto a su propuesta conceptual. El intento de introducir el discurso del psicoanálisis no da todos los frutos deseados, pero podemos augurar un camino prometedor para el proyecto poético de su autor.

  1. Los amores imaginarios (Euned), Gustavo Arroyo

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Arroyo vino este año con dos poemarios sumamente interesantes, el que nos ocupa y Circulo de diámetro variable. En su estilo destaca el juego conceptual como forma de acercarse a lo íntimo, la máxima  filosófica y el aforismo junto con la ironía del desengaño del hablante. Hay abundancia de calidad en su propuesta. En Los amores imaginarios, título prestado de una película de Xavier Dolan, el poeta explora los vínculos del amor: filial, de pareja, maternal, y lo hace con un estilo parco a ratos y pletórico de imágenes en otros. Arroyo se mueve entre la construcción mítica y la elaboración racional. La parte central, que da título al libro, es la más destacada, la más personal, probablemente. El único defecto que notamos en el estilo de ambos libros es cierto exceso de circunloquios, conectores y frases propias del discurso formal, que no dejan de ser tics de esta voz tan única de Arroyo, pero que aún deben ser mejor dominadas.

  1. Los secretos de Abraham (Astillero), Armando Antonio Ssacal

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La poesía que nos ofrece Ssacal en este libro es contenida, depurada; se nota que su búsqueda es por la exactitud. Sin embargo, a veces esa sencillez nos deja esperando algo más de garra o de vigor. Los textos se mueven entre una esfera íntima, de gran ternura, en una suerte de diálogo de esa figura que llama al hablante “Tato” y otros textos donde el tono filosófico o conceptual toma el control. A veces la ejecución es muy eficaz, y eso se agradece, a veces los poemas parecen bocetos. Hay una serie de divisiones que no aportan mucho, pues el tono general del libro es el mismo, y más bien tiende a la repetición. Detalle aparte merece la edición, pues se nota descuidada. Comas que no van y otras que faltan, por poner los ejemplos menores, y un diseño que denota que se trata de una editorial que recién empieza en estas lides, y por ello debe prestar atención.

  1. La terrible noche. Antología poética (Perro Azul), Guillermo Sáenz Patterson

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Saénz Patterson es una figura de culto dentro de ciertos círculos de la poesía costarricense, los cuales frecuenta desde hace varias décadas. Curioso resulta entonces que no haya dejado escuela. Especulamos que esto se debe a que su estatus de figura singular se impone a sus aciertos poéticos, pues en el fondo su propuesta estética no es más que la acumulación de todos los lugares comunes del “malditismo”. Muchas veces, uno cree estar leyendo malas traducciones de Baudelaire o de Rimbaud. Sus giros, sus tropos, eso sí hay que reconocérselo, han sido los mismos a lo largo de toda su carrera, algo que esta antología deja en evidencia. Al menos cabría rescatar esa insistencia estilística como una forma de no dejarse avasallar por las modas. Habría que ver aún si su famosa “Oda al Marqués de Sade” es una obra maestra o un mero divertimento.

  1. Secretos perfectos. Poesía selecta de amor: 1965-1995 (Euned), Alfonso Chase

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Chase es un clásico contemporáneo y eso significa nada más y nada menos que se trata de un autor absolutamente vigente en muchos ámbitos y aspectos. Ahora nos ha regalado esta selección de sus poemas de amor a lo largo de tres décadas, una muestra de poesía vigorosa, exuberante, rica en imágenes, desbocada en ocasiones hasta casi rozar lo épico. La antología está construida de un modo que permite ver las diferentes etapas de  Chase, como una especie de preámbulo para entender la nueva obra poética que según nos cuentan está por salir el próximo año. Secretos perfectos, en una cuidada edición, nos recuerda la estatura literaria de Chase, en caso de que alguien hubiese tenido la osadía de pretender pasarla por alto; nos presenta al gran poeta, al mito, en todo su esplendor. Un libro fundamental que sin duda merece un puesto mucho más alto en cualquier escalafón.

  1. El manuscrito (ECR), Juan Carlos Olivas

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Este libro mereció el Premio Eunice Odio de Poesía de la Editorial Costa Rica, uno más en la incipiente pero exitosa carrera literaria de Olivas. Se trata de un libro que ofrece varios poemas de gran factura, de tono elevado, solemne, donde los valores rítmicos y sonoros son muy importantes. Destacan poemas como “Pies pequeños (Manuscrito perdido de Yang Yueqing)”. Lamentablemente, el libro como conjunto no funciona. El pretexto del manuscrito se cae a la primera de cambios. Los poemas no guardan relación entre sí y abordan los más diversos temas. El intercambio epistolar entre Anayansi (la editora) y Joaquín Dobles (el escritor, homenaje obvio en exceso) resulta en extremo dulzón, con lugares comunes, pero sobre todo, artificioso sin buenos resultados, pues las dos voces no se diferencian. El manuscrito es, en síntesis, un proyecto fallido.

  1. Largo adiós sin carta (Germinal), Fabián Coto Chaves

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Este libro de Fabián Coto es una muestra de todos los elementos que hasta ahora han caracterizado su escritura, sea en relatos, en artículos y ahora en poesía, esto es: nostalgia por un pasado idílico e ironía por un presente amargo, mediante fábulas y símiles de gran ingenio; sin embargo, consideramos que en este caso el resultado es menos efectivo y los trucos más obvios. El poemario es un conjunto de textos de amor y desamor, y en esto reduce el espectro cosmopolita de su primero libro, El país de las certezas. Además, los poemas acusan cierta ingenuidad o falta de trabajo, como si se tratara de un eterno adolescente incapaz de lograr que sus relaciones de pareja funcionen más allá de un rato o de una anécdota divertida o dolorosa. No hay duda de que es un autor con grandes materiales a mano, pero sus productos nos siempre son los mejores.

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“Bestseller”: un título irónico o una ironía trascendentalista

Alexander Alvarado, Bestseller, San José: EUNED, 2016, 88 pp.

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Breve descargo

La tarea que nos hemos impuesto es ingrata. No cabe duda. Pero tampoco vamos ahora a quejarnos. Solamente queremos insistir por un momento en que el objetivo de este blog de reseñas está dedicado exclusivamente a libros de poesía publicada en su totalidad por primera vez a partir del 2016. Esto lo dejamos claro en nuestra primera entrada. La única excepción fue nuestra primera reseña, de un libro del 2015, la cual se hizo por tratarse de un premio nacional y porque para ese momento aún no había salido ningún título del 2016.

¿A qué viene esto? A que hasta ahora los libros nuevos están en deuda. Hay quienes dicen que no todo puede ser malo. Hemos dicho que esto no es culpa nuestra, sino de los libros. Nos han pedido reseñar Secretos perfectos, de Alfonso Chase. Un libro imprescindible, sí, pero es una antología de sus poemas de amor, no un libro con textos nuevos. En fin…

Luego, decíamos que era una tarea ingrata. Por eso mismo desde el principio nos pusimos límites, para poder abarcar la producción nueva, y ya vamos por noviembre y no hemos cubierto ni la mitad. Lo único que nos alienta es que los nuevos poemarios del 2017 empezarán a salir hasta mediados de año, como es la costumbre, así que tendremos algunos meses para ir poniéndonos al día.

Pero la tarea también es ingrata porque así como los poemarios parecen repeticiones tras repeticiones, ya nos vamos cansando un poco de repetir o señalar cuáles son los giros y lugares comunes del trascendentalismo, del coloquialismo o de otras tendencias, y a veces quisiéramos darlas por sentado o simplemente abandonar todo intento.

Y pues eso, y aquí vamos de nuevo…

Ahora sí: al Bestseller

Alexander Alvarado nos resultó un nombre nuevo; sin embargo, la nota biográfica dice que ganó el Lisímaco Chavarría en 2009 y que ya ha publicado dos libros: La tregua imposible y Ritual de invierno, ambos con Líneas Grises, el sello (marcado con hierro candente) del Círculo de Poetas Costarricenses.

El título del libro no parece surgir de esa maquila de títulos compuestos del Círculo (“Crepúsculos de ceniza”), pero la referencia biográfica nos pone alertas. La presentación del propio autor también nos preocupa, pero nos lanzamos valientes a los poemas.

El texto se divide en dos partes o proyectos, como los califica el autor, en realidad independientes uno del otro. También afirma que se trata de dos tonos o lenguajes poéticos (algo que no se cumple). Aquí nos preguntamos la razón para unir ambos proyectos en un solo volumen y si esta fue la mejor opción.

La primera parte, que da título al libro, ofrece una miscelánea de estampas propias de la ciudad, de sus comercios, de la publicidad, de los símbolos del consumo, de las marcas, del capitalismo. Ensaya una crítica contra el sistema económico, contra la banalidad de nuestras prácticas y contra la superficialidad de nuestras conductas. Los títulos de los poemas son elocuentes: “Black Friday”, “Click”, “Password”, “Random”, “Revista” (y volvemos a insistir en que no acusan la influencia trascendentalista). Pero hasta ahí, porque apenas iniciamos la lectura y va de vuelta a los clichés: “Yo también quiero aprender / cómo cortejan los vampiros / en su juventud de manzanas desveladas” (p. 3). ¿Manzanas desveladas? ¿Es en serio? Solo el romanticismo y el subjetivismo más ingenuos dirían que es una imagen hermosa sujeta a interpretación. Ok. Perfecto. Nosotros somos menos trascendentes y necesitamos un manual que nos explique qué es una “manzana desvelada”.

Y seguimos: “Porque ya quiero / zurcir con lentejuelas / las noches mutiladas de mi nombre” (p. 4); “desorbitada bailarina, / que solo va de su insomnio a su insomnio: / desesperado saldo de sí misma” (p. 5). De verdad, a lo mejor nuestra labor sería mostrarles a ustedes las fuentes de donde surgen este tipo de tropos, pero es que como ya dijimos es cansado estar repitiendo. Si a ustedes les interesa comprobar lo que decimos, los invitamos a buscar imágenes similares en su léxico y construcción en los libros de Laureano Albán: “nombre”, “insomnio a insomnio” (que a su vez viene de Neruda), “de sí misma” y tantas otras. Entendemos, puestas de esta manera parecerían inocentes palabras, pero cuando se han visto hasta la saciedad, página tras página, verso tras verso, golpe a golpe… ah, no, eso era otra cosa…, libro tras libro, poeta tras poeta pierden por completo su inocencia y se identifican con un tipo rígido y cuadrado de hacer poesía.

Como ya hemos apuntado en otros momentos, el trascendentalismo parte de que la experiencia cotidiana puede (y debe) ser traducida a un “lenguaje poético trascendente”, pero en ese paso comete el error de considerar que la experiencia trascendente consiste en endilgar adjetivos inusuales a sustantivos o situaciones concretas. Así, por ejemplo, “la tarde” no es sola “la tarde”, sino “la tarde oscura de tu nombre”. ¿Se entiende el mecanismo? En el poema “Cupcake”, un quequito no puede ser un quequito, no, jamás; el quequito debe ser aderezado con la rimbombancia del supuesto lenguaje poético: “Y ahora llévate / tu pequeño milagro edulcorado”. / Y muestra / esa glaseada luz en tu mirar, / ese espolvoreado  halo de dios merecido, / que aún cree en su albedrío / de manzana delirada” (p. 8). Lo único edulcorado aquí son estos versos… y las manzanas, que ya no están “desveladas” sino “deliradas” (que no “delirantes”).

Y así podríamos seguir enumerando ejemplos, citando casos donde la construcción muestra esa honda huella del trascendentalismo, una huella calcada. Es una lástima que el intento por ironizar o realizar un comentario social sobre nuestro tiempo se vea opacado o sumergido entre esa maraña de cursis lugares comunes y torpes ejecuciones.

La segunda parte, “Abril contra la muerte”, es un conjunto de poemas de amor y desamor, y desde aquí ya entramos perdiendo. Y como no puede faltar la palabra del Padre, el texto tiene una introducción de Laureano Albán (consíganse diez libros de Líneas Grises –con eso basta–  con prólogo de Albán y verán aquí también las mismas frases y elogios).

Para esta sección, será suficiente con que transcribamos un poema. Hemos escogido “Agenda de arena”: “Perdona que por esta vez / haya canjeado / nuestra filial humedad, / por las urgencias minerales / de este marzo y sus desiertos. // Porque hora tras hora solo alimenté / este seco escorpión de las jornadas, / y solo gané estas medallas de arena / por las que me creo imprescindible / para el mañana”. // Y perdona mis párpados / que gravemente anochecen / sobre el aterido final de mi agenda, / donde ya no alcancé a apuntar / la tibieza sin horarios de tus yemas peregrinas” (p. 45). Aquí es donde decimos: “I rest my case” (o “We rest our case”). La agenda tiene que ser de arena, porque una de Mafalda es mucho pedir. Hay un “escorpión de las jornadas” y para cerrar la agenda hay un “aterido final”. Un lenguaje que nos saca por completo, versos que no dicen nada. El hablante empieza pidiendo perdón, todo bien hasta ahí, pero luego, nada, no sabemos por qué. Todo queda sepultado en adjetivos e imágenes incomprensibles.

Otros ejemplos, mor del argumento: “Quédate alevosa / a consumir su última hora / hasta su gemido más salobre” (p. 46); “como un colibrí urgente / enhebrando estas brumas / que heredé de mí mismo” (p. 47). Y esta preciosidad: “Hoy no vengas, que he dejado mi barba innumerada” (p. 48). No sabemos. Somos lampiños. Habrá que preguntarle a los hipsters que piensan de esa imagen. ¿Cómo pedir en la barbería que nos dejen la barba innumerada? Estas y otras preguntas nos asaltan mientras terminamos de leer otro poemario más inscrito en la estética trascendentalista.

Breve nota final

Si hiciéramos un concurso de portadas feas, el primer lugar se lo llevaría la de Letra espina. El segundo lugar Vocación de herida y el tercero sería para esta de Bestseller. No entendemos qué sucede en la EUNED. Parece una editorial bipolar. Así como publica buenos libros con buenas portadas, como Crooner, de Alfredo Trejos o Los hijos de Sitting Bull, de Eduardo Valverde o el ya citado Secretos perfectos, de Chase; también publica bodrios infumables. Es como si no tuviese claro su norte. Se entiende que es una editorial pública, pero debería cuidar mucho más su catálogo. Es una lástima que las mejoras y avances que se distinguen por un lado se vean opacadas por otras apuestas conservadoras y gastadas.

Veredicto: una estrella (malo)
Sentencia: que no se venda ni en los saldos de enero ni en baratillos y menos que se regale
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“Letra espina”: cuando la espina pierde su capacidad de herir

Vilma Vargas Robles, Letra espina, San José: Arboleda, 2016, 92 pp.

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Vilma Vargas pertenece a la generación de Ana Istarú, y por extensión, a la generación dispersa, que empezó sus andanzas en los años 80. En 1983 obtuvo el Premio Centroamericano Juan Ramón Molina del Ministerio de Cultura de Honduras, por su libro El fuego y la siesta y en 1993 publicó El ojo de la cerradura (Editorial UCR). El dato generacional no es menor, pues su trabajo en Letra espina responde a una serie de tópicos propios del desencanto o las luchas sociales por un lado y de los feminismos de segunda y tercera ola por otro.

El estilo de Vargas es reposado, sus poemas breves. El tema del silencio es recurrente y los textos se enmarcan dentro del intimismo. El sujeto lírico sale al mundo unas cuantas veces para interpelar (con un matiz epistolar) a un sujeto otro que se le hace distante, que le hace daño. Todo esto podría ser perfectamente válido si los poemas ofrecieran un poco más de garra, fuerza o personalidad. Y es que conforme avanzábamos en la lectura sentíamos que estábamos frente a un solo poema largo, gracias a esa monotonía que es marca de la literatura costarricense, algo que pudimos observar en Reino de las cosas perdidas, de Edmundo Retana. En ese sentido, igual que el libro de Retana daba la sensación de ser un solo poema en tres partes (suficiente para integrar un libro pero no para ser libro él solo), este poemario de Vilma bien podría consistir en cuatro poemas, correspondientes a las cuatro partes en que se divide el texto. Al menos sí podemos decir que en cada parte se nota un elemento específico.

La primera parte, “Boleros y otros”, introduce esa voz que habla desde sí y desde su silencio, es una voz que se dirige a otro, que parece haber compartido tanto como haber herido. Algunos ejemplos: “Sabés, a veces tengo miedo / de no hablar más” (p. 11). “Te llamé hoy antes del atardecer. / Por supuesto nadie me contestó. / […] Después empecé mi monólogo, recorriendo la casa extraña” (p. 13). “Sí, soy Emma, ahora abre la puerta, Charles, / […] Soy yo la desterrada, y tú el cristal / almendrado del arsénico. Yo moría cada día a tu lado, / y tomé la diligencia y me ocupé de vivir mi travesía” (p. 18). Esta voz seguirá apareciendo a lo largo del libro, como en “Creernos vivos” (p. 74).

La segunda parte, “El único alejamiento”, se enfoca más en poemas de corte social, como “Olímpicos”: “Reunidos ante el espectáculo / cada uno vocifera desde su nicho / y decimos ay que bonito a una sola voz. / […] Somos la puta hambre que amputa vidas. / Hoy toda la mancha humana sangra / desde la pantalla el alarido de nuestra barbarie” (p. 23). El texto es una clara alusión a la polémica que rodeó los recientes juegos olímpicos en Brasil, desde que dicho país fue anunciado como sede.

“Las ceibas o el eterno presente”, la tercera parte, presenta la temática familiar, los vínculos que se tejen y los que se rompen. “Al paso del crujido de los horcones, / conmigo llevo la casa de mis abuelos” (p. 51). “Roto el vínculo de la sangre, hablé desde la muerte / y repicó en mí su hondonada” (p. 52). Esta parte, sin duda, ofrece algunos momentos de mayor desgarro emocional, que al menos elevan el octanaje de los versos por unos instantes: “Hoy amanecí huérfana. Ansiosa de una tía, de un hermano que visitar, de una mesa de familia”. También, encontramos algunos gestos irónicos, pero que en su brevedad se quedan en tímidos intentos: “La hija no le perdona el fracaso con el padre. / La madre no le perdona perder el marido. / Ella no se perdona haberles fallado” (p. 55).

La última parte, “Letra espina”, se concentra en el problema del sujeto como escritor y de la poesía. Se trata de una voz crítica, que empieza con fuerza aunque luego se diluye: “Sospecho del acto de escribir, / la poesía es un río de lodo y piedras, una avalancha” (p. 79). La voz femenina resurge y se cuestiona su papel: “Ya no quiero ser escritora. / Yo creí que este oficio era la libertad” (p. 81). La escritura se ve entonces como el acto liberador total pero a pesar de ello siempre incompleto. La voz femenina que nos ha guiado lanza un último grito de guerra: “Ni amante madre, ni amante hija, ni la mejor amiga, / tampoco la eterna esposa ni la mejor cama de nadie. / Solo el imperfecto corazón, / entre tanta benevolencia” (p. 83). Y en el poema final, donde alguien le ofrece el suicidio, la poeta enarbola una sonrisa como “defensa” (p. 85).

Letra espina no deja de ser un libro con buenos momentos, pero que se pierden entre la banalidad de lo ya dicho tantas veces de la misma forma. Las temáticas femeninas no ofrecen aquí ningún enfoque novedoso. El sujeto lírico entabla un monólogo desde el silencio que se la ha impuesto, se identifica con madame Bovary, cuestiona el papel de Dios / hombre, habla también con una hija nacida de una relación dolorosa. Todos estos enfoques importantes pero que formalmente se quedan cortos a la hora de plantear una ruptura de más peso (ideológica, filosófica o estética) con ese mundo patriarcal que subyuga y reprime. En suma, una oportunidad desperdiciada.

De la poesía escrita y publicada por mujeres en los últimos años, tres ejemplos, entre varios, que parecen tomar otro rumbo: María Montero, que aunque cercana a los feminismos, posee un desenfado que aporta frescura; Angélica Murillo, que juega con temas mitológicos y Silvia Piranesi, que se aleja de esos lugares comunes para jugar más con el material lingüístico. En general, la presencia de la sexualidad, del amor de pareja, de la voz silenciada que busca su liberación se han convertido en los lugares comunes en la mayoría de autoras. Como en toda obra de marcado acento político, todo esto es fundamental, pero si no hay un correlato formal que acuerpe las propuestas, nos quedamos en un plano meramente discursivo, que perpetúa estereotipos en vez de ofrecer nuevos paradigmas.

Insistimos en que no es la temática el lugar común, sino la forma. Así, la poesía de Letra espina, aunque sutil en ocasiones, sugerente en otras, no logra salir del campo semántico señalado y de las formas acostumbradas. Un libro más en este mar de libros.

Veredicto: dos estrellas (regular)
Sentencia: Grabar en piedra: “La letra con sangre entra”.
Nota bene, veredicto y sentencia para la portada: En un concurso de las portadas más feas, la editorial Arboleda lleva una ventaja considerable. El mal gusto, lo kitsch, en su máxima expresión. El collage como técnica cursi llevada al paroxismo. En este apartado, compite con la portada de Vocación de herida. Pésima portada, sentenciada a usar bolsa de papel.
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“Antes éramos moviola”: poesía en escenas cortadas

Pablo Segreda Johanning, Antes éramos moviola, Colección Poesía, San José: Ediciones Perro Azul, 2016, 70 pp.

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Tal y como contaran y sugirieran el autor, Gustavo Solórzano y Gustavo Chaves el día de la presentación de este primer poemario de Pablo Segreda en la recién finalizada Feria Internacional del Libro de nuestro país, la moviola es un equipo de edición de cine inventado en los años 20, lo cual sirve -afirmaron- como metáfora de este conjunto de poemas, como imágenes o recortes sobre amores perdidos u otras cosas.

El libro consta de 34 poemas, divididos en dos partes. Todos escritos en verso libre. Insistimos aquí en que no tenemos idea de por qué es tan común que los poemarios tengan estas divisiones que a todas luces no significan nada (aunque el prólogo de Clara Astiasarán –pp. 5-9– parece decir que sí). Si eliminamos esa división no pasaría absolutamente nada.

El primer poema anuncia un tono erótico a partir de la memoria de un encuentro: “Creo recordar siempre las costumbres que llevan a tu alcoba”, y nos ofrece también los primeros versos desafortunados: “Sabré llegar con mi maleta / preñada de anticipos” (p. 17). Los dos siguientes poemas se quedan en vaguedades y no es sino hasta el cuarto (“Hard-boiled”) que encontramos materiales mejor moldeados: “Sus ojos florecerán como racimo de pólvora / en una tiniebla dilatada / por cosechas rojas” (p. 22). En ese mismo texto, encontramos una nota al pie, un recurso paratextual poco común en nuestra poesía, llamativo, también, aunque no estamos seguros de que funcione del todo, sobre todo porque no vuelve a aparecer.

Más adelante encontramos algunos buenos hallazgos: “Reptil / como queriendo decir / [pétalo] / de dinosaurio” (p. 24). De igual manera, el tema amoroso alcanza uno de sus mejores puntos en un poema como “Tierras raras”: “Y así, / de repente / y sin temores, / fundar una ontología / de tu tacto, / para que el apego / no sea más / otra forma marginal del / magnetismo” (p. 26). Sin embargo, no pasa desapercibida la curiosa forma (por decirlo bonito) de encabalgar los versos (¿qué te sucede, verso libre?).

“Reikiavik, 1972” (p. 27) es un poema que empieza muy bien pero que luego pareciera convertirse en otra cosa, para terminar enredado y en un lugar común. “Otro tigre” es uno de los poemas que sobresale en el conjunto, más sugerente, más pulido: “Dos ojos que son fuga. / Dos ojos que son bestia. / Que son la anchura de otro imperio, / que no es Amir, / ni las tierras acosadas por el Índico” (p. 29). Pero luego viene “Octubre” (p. 31-32), poema de amor que intenta ser tierno pero deviene cursi, como la mala poesía sudamericana. Algo que asusta un poco en otros versos desafortunados como “mientras una lágrima, / oblonga y taciturna, / se suicida por mi mejilla” (p. 33). Pero de inmediato, en el poema que sigue, ese mal poeta sudamericano parece inyectarse de un Borges agresivo y suelta este dardo: “[y toda la tiniebla: / el arrabal de tus ojos]” (p. 34). O dosificarse de mejor forma más adelante en “Metales pesados” (p. 52).

Da la impresión de que conforme el hablante se aleja del tema amoroso, descubre variantes mucho más interesantes y logradas, como en el poema “Ladón diserta sobre la eternidad”: “¿Quién ha narrado mi cola, / arrastrando soles del cielo, / vomitando fuego y vino en los jardines?” (p. 35). Pero los poemas se van intercalando, y recaen en el pastiche de un amor adolescente e ingenuo en su estilo: “Hoy solo me queda / la improbable canción / para una película muda / y una triste entelequia / bajo tu falda” (p. 37). Gran valentía usar la palabra “entelequia” en un verso, pero un resultado forzado, desastroso. Igual que en “PiedraPapelTijera”, donde el verso “Quería ofrecerte una erección” (p. 41) de verdad nos sonrojó, igual que leer un título trespatinesco como “Sincericidio” (p. 56).

No falta tampoco una poética, bastante lograda: “La poesía dura casi siempre / lo que dura / un barco de papel” (p. 57), que de no ser por ese tetrasílabo del medio diríamos que fue medida y pensada. Asimismo, el libro va cerrando con otros tres poemas que sí destacan, como “Moviola”: “Lo sé. / Todos fuimos ese fragmento alguna vez. / El negativo de una foto / que no pudimos revelar” (p. 62).

En síntesis, consideramos que el libro es muy irregular (puntos altos y puntos bajos por igual), un chance perdido para un debut que –mejor tallereado– hubiera sido mucho más poderoso. Cuando se acerca al amor, el hablante se dirige a un receptor y el tono se asemeja a la poesía de Gelman o de Luis Chaves, a veces con aciertos, muchas veces no, igual que sucede en la poesía de estos dos autores. Lo más interesante del libro aparece cuando ese hablante se aleja del lirismo o del intimismo, y reflexiona sobre el mundo, el tiempo o la precariedad de la existencia. El poemario parece hecho a retazos, y sufre por esto, a pesar de que se supone que la metáfora de la moviola lo indica, igual que Mauricio Molina en la contraportada, quien afirma: “un rompecabezas cuyos pedazos no terminan de calzar”. No hay mejor manera de describir un texto al cual le faltó algo de mano dura para haber hecho lucir con más brillo aquello que estuvo en algún momento destinado a brillar.

Veredicto: dos estrellas, regular
Sentencia: que no vea pasar su vida en la pantalla hasta que esté terminada
Cita

Dos libros de Lucía Alfaro: uno no, el otro tal vez

Lucía Alfaro, Vocación de herida, San José: Euned / Poiesis, 2016, 84 pp.

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El trascendentalismo aspira a evocar lo inefable, a alcanzar la trascendencia del ser humano. Al menos así lo expresa su Manifiesto y en decenas de prólogos y contraportadas de libros enmarcados en esta tendencia. Tal búsqueda se materializa en una predilección por la metáfora abstracta como vehículo expresivo. De esta manera, es fácil encontrar “azules”, “lejanías”, “silencios”, “dolores tristísimos”, “tiempo” y “soledades” en consonancia con la “ceniza”, el “crepúsculo” o la “muerte”. Tal movimiento se afinca en nuestro país, además, como una respuesta a la poesía de la experiencia y de compromiso social que proliferó en España y América después de 1950.

Así las cosas, cuando los poetas trascendentalistas –acusados de solipistas– han intentado tocar problemáticas sociales, se han  mantenido fieles a la metáfora, al concepto de que toda experiencia humana puede ser “traducida” a un supuesto lenguaje poético. Ejemplos destacados tenemos en Laureano Albán, con Biografías del terror (1984), por ejemplo. Sin embargo, en ese libro, que contiene poemas de gran factura, la temática social existe solamente porque cada poema se acompaña de un resumen de las actas policiales sobre casos de desaparecidos durante las dictaduras en Suramérica de los 60 y 70. Si no fuera por esas actas, los poemas podrían haber estado en cualquier otro libro de Albán, porque formalmente no hay diferencia, excepto porque la noción de la “muerte” lo atraviesa todo.

Vocación de herida, de Lucía Alfaro, opera bajo el mismo sistema. Los poemas que conforman este libro intentan tocar la problemática de la niñez abandonada, y en algunos casos, nos encontramos, como notas al final, con resúmenes de noticias de periódicos que dan cuenta de casos de violencia en contra de la niñez. Pero el estilo es el mismo estilo trascendentalista de siempre, donde las imágenes son intercambiables, y bien podrían estar en uno u otro poema que no notaríamos la diferencia.

El libro entonces apela al lector pero de manera superficial, meramente emotiva, sin profundizar en causas. No se trata de un ensayo, nos dirán. Cierto. Pero si la literatura aspira a ser relevante, no basta con el tema o con las intenciones. Es indispensable que haya un trabajo formal, que las palabras adquieran fuerza y profundidad. Hay metáforas, hay imágenes, pero esa transición entre la experiencia y el lenguaje poético resulta forzada.

Tal y como ya habíamos señalado, a propósito de la reseña del libro Quince claridadades para mi padre, el trascendentalismo se plagia a sí mismo, se repite, sin ofrecer ninguna novedad. Desde el título podemos verlo. Una rápida mirada a títulos recientes del movimiento trascendentalista nos demuestra la estructura que se sigue: Trampas al tiempo, Sed de otras piedras, Estalactitas del tiempo, Migración a la esperanza, Vocación de herida.

El poemario contiene 32 textos, estructurados en tres partes. El primer poema, “Sin credo”, no solo hace referencia a un canción popular (“Si bastasen un par de canciones”, de Ramazzotti), sino que de entrada contradice lo que hemos argumentado hasta ahora, y el tono conversacional y directo parece augurar otro tipo de libro: “Por cada niño muerto, violado / y torturado hay un sinfín de niñas / y niños que no vemos” (p. 3). Sin embargo, conforme avanzamos, empezamos a notar los mismos giros, tropos y matices: “Y es que no sé cómo acallar la duda, / estos relojes que arden / tan despacio en las sienes” (p. 5). ¿Qué quiere decir este hablante lírico? La poesía no se explica, nos dirán. Concordamos, pero por lo general “dice” algo.

El sujeto lírico de estos poemas parece debatirse entre el uso y abuso de toda esa parafernalia trascendentalista y un discurso más directo, pero aún no ha encontrado la manera. Ahí donde nos lanza un “maldito homicida”, le sigue otra estrofa donde “un hipocampo agoniza en mis venas” (p. 7). Hay momento más precisos, como en el poema “Cicatriz”, que dice: “Infancia: / arcoíris casi tocando el cielo agujerado y solo, / la sangre se evapora en mil colores / y solo queda el llanto” (p. 8). Este cuarteto bien podría ser el tono del libro, la dirección, una visión para nada idílica de la infancia, sino como un vacío doloroso. Pero a momentos como este se le suman y suman versos incomprensibles: “deja astillarse ya / tu nuez de niebla” (p. 15). ¿Qué es una “nuez de niebla”? Es que hasta las mónadas de Leibniz tienen más sentido.

En las partes II y III, la temática de denuncia parece diluirse aún más, o mejor dicho, los poemas adquieren un tono más intimista o de temáticas feministas, como sugiere el título de la tercera parte (“Habitación propia”), en clara referencia a Virginia Woolf. Pero los intentos más apasionados naufragan en la vaguedad: “Me disfrazo de azul” (p. 56) o “Cada fruto enmudece / calando el horizonte / después de un despertar / de intrépidos azahares” (p. 58).

La poesía de Alfaro tiene buen ritmo, no hay duda; tiene momentos en que parece despegarse del vacuo ropaje trascendentalista, pero se pliega a sus designios. Como si esa libertad que pide o exclama no lograra ser suficiente para liberar al sujeto lírico de las ataduras de una estética marchita. Si tan solo aceptara que son otros sus intereses y otras sus posibilidades, quizá su poesía podría ser capaz de ofrecer nuevos rumbos, con búsquedas más concretas y claras, más relevantes en tanto discursos de denuncia, sin caer en el panfleto. Porque al final el temor del trascendentalismo es sonar a lenguaje cotidiano, sonar a consigna, a bandera; pero ese ha sido siempre el temor de todo gran poeta. Lucía debería desprenderse de ese temor y aspirar libre a otros universos expresivos.

Veredicto: una estrella, malo
Sentencia: que visite la feria vocacional de la UCR, por el bien de los niños y de las niñas

 

Lucía Alfaro, Antagonía, Colección La Noctámbula, Madrid: Torremozas, 2016, 58 pp.

antagonia

Publicado en España a inicios de este año, gracias a la recién finalizada feria del libro pudimos adquirirlo, en el puesto de la Editorial Poesis. Se trata del poemario Antagonía. Y aunque publicado antes que Vocación de herida, decidimos reseñarlo de segundo porque continúa mostrando ese especie de debate en la poesía de Alfaro entre el trascendentalismo de siempre y un lenguaje más diáfano. El solo hecho de tener un título con una sola palabra ya es un avance.

El libro consta de 26 poemas, distribuidos en dos partes, y sus temas son marcadamente feministas. Eso sí, entrever esto se debe en gran parte a los paratextos, sea por las dedicatorias a mujeres o a los epígrafes de Pizarnik o Woolf.

Formalmente, el primer poema anuncia un cambio, el deseo del sujeto lírico que dice: “ya no quiero esconderme / detrás de las metáforas” (p. 16). Es decir, de nuevo estamos frente a esa disyuntiva, frente a ese rompimiento. Y en el poema “Lunes” (p. 17) continúa ese estilo. Y no se trata de ser parco o coloquial per se, porque el siguiente poema (“La casa”) finaliza con una metáfora enorme, de gran fuerza: “La noche / es una gaviota enferma / que agoniza en mis ojos” (p. 18). Pero una vez más, todo eso queda en promesa. Conforme avanza el libro, la capa de metáforas trascendentalistas se vuelve de nuevo agobiante, y no deja respirar lo suficiente esa otra voz que en el fondo ya creíamos intuir: “Ahorcaré la gloria del reloj en la sala” (p. 19) ¿¿¿???.

Los poemas en Antagonía tienen más vitalidad y se muestran más aguerridos: “Soy la cueva donde anidan los pájaros / que salen del infierno, / heredera de los escombros” (p. 21). Quizá algo efectistas, pero al menos ofrecen una pasión más honesta. Las metáforas perfilan mejor sus contornos en bastantes tramos: “Aquí en la periferia / de esta espuma / solo el mar es cierto” (p. 26), pero naufragan irremediablemente en otros: “Hoy las olas volvieron a incensar / sus augurios de sal / en mis pupilas” (p. 27).

Insistimos entonces en que el trabajo de Alfaro se sustenta en la estética trascendentalista, pero que debajo parece bullir otra estética, otros estilos. ¿Por qué cuesta tanto desprenderse de ciertos excesos retóricos? A lo mejor puede ser porque ofrecen la seguridad de la musicalidad, el chance de cierta plasticidad muy conveniente para eso que tradicionalmente consideramos poesía. Pero creemos de verdad que Alfaro podría ofrecernos nuevas perspectivas más adelante. Casi que nos atrevemos a sugerir que un acercamiento a Anne Carson sería más que beneficioso.

Veredicto: dos estrellas, regular
Sentencia: ser antagonista de sí misma hasta descubrir su verdadera voz (si algo así existe)
Cita