Dos libros de Lucía Alfaro: uno no, el otro tal vez

Lucía Alfaro, Vocación de herida, San José: Euned / Poiesis, 2016, 84 pp.

Vocación.jpg

El trascendentalismo aspira a evocar lo inefable, a alcanzar la trascendencia del ser humano. Al menos así lo expresa su Manifiesto y en decenas de prólogos y contraportadas de libros enmarcados en esta tendencia. Tal búsqueda se materializa en una predilección por la metáfora abstracta como vehículo expresivo. De esta manera, es fácil encontrar “azules”, “lejanías”, “silencios”, “dolores tristísimos”, “tiempo” y “soledades” en consonancia con la “ceniza”, el “crepúsculo” o la “muerte”. Tal movimiento se afinca en nuestro país, además, como una respuesta a la poesía de la experiencia y de compromiso social que proliferó en España y América después de 1950.

Así las cosas, cuando los poetas trascendentalistas –acusados de solipistas– han intentado tocar problemáticas sociales, se han  mantenido fieles a la metáfora, al concepto de que toda experiencia humana puede ser “traducida” a un supuesto lenguaje poético. Ejemplos destacados tenemos en Laureano Albán, con Biografías del terror (1984), por ejemplo. Sin embargo, en ese libro, que contiene poemas de gran factura, la temática social existe solamente porque cada poema se acompaña de un resumen de las actas policiales sobre casos de desaparecidos durante las dictaduras en Suramérica de los 60 y 70. Si no fuera por esas actas, los poemas podrían haber estado en cualquier otro libro de Albán, porque formalmente no hay diferencia, excepto porque la noción de la “muerte” lo atraviesa todo.

Vocación de herida, de Lucía Alfaro, opera bajo el mismo sistema. Los poemas que conforman este libro intentan tocar la problemática de la niñez abandonada, y en algunos casos, nos encontramos, como notas al final, con resúmenes de noticias de periódicos que dan cuenta de casos de violencia en contra de la niñez. Pero el estilo es el mismo estilo trascendentalista de siempre, donde las imágenes son intercambiables, y bien podrían estar en uno u otro poema que no notaríamos la diferencia.

El libro entonces apela al lector pero de manera superficial, meramente emotiva, sin profundizar en causas. No se trata de un ensayo, nos dirán. Cierto. Pero si la literatura aspira a ser relevante, no basta con el tema o con las intenciones. Es indispensable que haya un trabajo formal, que las palabras adquieran fuerza y profundidad. Hay metáforas, hay imágenes, pero esa transición entre la experiencia y el lenguaje poético resulta forzada.

Tal y como ya habíamos señalado, a propósito de la reseña del libro Quince claridadades para mi padre, el trascendentalismo se plagia a sí mismo, se repite, sin ofrecer ninguna novedad. Desde el título podemos verlo. Una rápida mirada a títulos recientes del movimiento trascendentalista nos demuestra la estructura que se sigue: Trampas al tiempo, Sed de otras piedras, Estalactitas del tiempo, Migración a la esperanza, Vocación de herida.

El poemario contiene 32 textos, estructurados en tres partes. El primer poema, “Sin credo”, no solo hace referencia a un canción popular (“Si bastasen un par de canciones”, de Ramazzotti), sino que de entrada contradice lo que hemos argumentado hasta ahora, y el tono conversacional y directo parece augurar otro tipo de libro: “Por cada niño muerto, violado / y torturado hay un sinfín de niñas / y niños que no vemos” (p. 3). Sin embargo, conforme avanzamos, empezamos a notar los mismos giros, tropos y matices: “Y es que no sé cómo acallar la duda, / estos relojes que arden / tan despacio en las sienes” (p. 5). ¿Qué quiere decir este hablante lírico? La poesía no se explica, nos dirán. Concordamos, pero por lo general “dice” algo.

El sujeto lírico de estos poemas parece debatirse entre el uso y abuso de toda esa parafernalia trascendentalista y un discurso más directo, pero aún no ha encontrado la manera. Ahí donde nos lanza un “maldito homicida”, le sigue otra estrofa donde “un hipocampo agoniza en mis venas” (p. 7). Hay momento más precisos, como en el poema “Cicatriz”, que dice: “Infancia: / arcoíris casi tocando el cielo agujerado y solo, / la sangre se evapora en mil colores / y solo queda el llanto” (p. 8). Este cuarteto bien podría ser el tono del libro, la dirección, una visión para nada idílica de la infancia, sino como un vacío doloroso. Pero a momentos como este se le suman y suman versos incomprensibles: “deja astillarse ya / tu nuez de niebla” (p. 15). ¿Qué es una “nuez de niebla”? Es que hasta las mónadas de Leibniz tienen más sentido.

En las partes II y III, la temática de denuncia parece diluirse aún más, o mejor dicho, los poemas adquieren un tono más intimista o de temáticas feministas, como sugiere el título de la tercera parte (“Habitación propia”), en clara referencia a Virginia Woolf. Pero los intentos más apasionados naufragan en la vaguedad: “Me disfrazo de azul” (p. 56) o “Cada fruto enmudece / calando el horizonte / después de un despertar / de intrépidos azahares” (p. 58).

La poesía de Alfaro tiene buen ritmo, no hay duda; tiene momentos en que parece despegarse del vacuo ropaje trascendentalista, pero se pliega a sus designios. Como si esa libertad que pide o exclama no lograra ser suficiente para liberar al sujeto lírico de las ataduras de una estética marchita. Si tan solo aceptara que son otros sus intereses y otras sus posibilidades, quizá su poesía podría ser capaz de ofrecer nuevos rumbos, con búsquedas más concretas y claras, más relevantes en tanto discursos de denuncia, sin caer en el panfleto. Porque al final el temor del trascendentalismo es sonar a lenguaje cotidiano, sonar a consigna, a bandera; pero ese ha sido siempre el temor de todo gran poeta. Lucía debería desprenderse de ese temor y aspirar libre a otros universos expresivos.

Veredicto: una estrella, malo
Sentencia: que visite la feria vocacional de la UCR, por el bien de los niños y de las niñas

 

Lucía Alfaro, Antagonía, Colección La Noctámbula, Madrid: Torremozas, 2016, 58 pp.

antagonia

Publicado en España a inicios de este año, gracias a la recién finalizada feria del libro pudimos adquirirlo, en el puesto de la Editorial Poesis. Se trata del poemario Antagonía. Y aunque publicado antes que Vocación de herida, decidimos reseñarlo de segundo porque continúa mostrando ese especie de debate en la poesía de Alfaro entre el trascendentalismo de siempre y un lenguaje más diáfano. El solo hecho de tener un título con una sola palabra ya es un avance.

El libro consta de 26 poemas, distribuidos en dos partes, y sus temas son marcadamente feministas. Eso sí, entrever esto se debe en gran parte a los paratextos, sea por las dedicatorias a mujeres o a los epígrafes de Pizarnik o Woolf.

Formalmente, el primer poema anuncia un cambio, el deseo del sujeto lírico que dice: “ya no quiero esconderme / detrás de las metáforas” (p. 16). Es decir, de nuevo estamos frente a esa disyuntiva, frente a ese rompimiento. Y en el poema “Lunes” (p. 17) continúa ese estilo. Y no se trata de ser parco o coloquial per se, porque el siguiente poema (“La casa”) finaliza con una metáfora enorme, de gran fuerza: “La noche / es una gaviota enferma / que agoniza en mis ojos” (p. 18). Pero una vez más, todo eso queda en promesa. Conforme avanza el libro, la capa de metáforas trascendentalistas se vuelve de nuevo agobiante, y no deja respirar lo suficiente esa otra voz que en el fondo ya creíamos intuir: “Ahorcaré la gloria del reloj en la sala” (p. 19) ¿¿¿???.

Los poemas en Antagonía tienen más vitalidad y se muestran más aguerridos: “Soy la cueva donde anidan los pájaros / que salen del infierno, / heredera de los escombros” (p. 21). Quizá algo efectistas, pero al menos ofrecen una pasión más honesta. Las metáforas perfilan mejor sus contornos en bastantes tramos: “Aquí en la periferia / de esta espuma / solo el mar es cierto” (p. 26), pero naufragan irremediablemente en otros: “Hoy las olas volvieron a incensar / sus augurios de sal / en mis pupilas” (p. 27).

Insistimos entonces en que el trabajo de Alfaro se sustenta en la estética trascendentalista, pero que debajo parece bullir otra estética, otros estilos. ¿Por qué cuesta tanto desprenderse de ciertos excesos retóricos? A lo mejor puede ser porque ofrecen la seguridad de la musicalidad, el chance de cierta plasticidad muy conveniente para eso que tradicionalmente consideramos poesía. Pero creemos de verdad que Alfaro podría ofrecernos nuevas perspectivas más adelante. Casi que nos atrevemos a sugerir que un acercamiento a Anne Carson sería más que beneficioso.

Veredicto: dos estrellas, regular
Sentencia: ser antagonista de sí misma hasta descubrir su verdadera voz (si algo así existe)
Anuncios
Cita

“Los poetas estorban”: y no se dan cuenta, que es lo peor

Adrián Arias Orozco, Los poetas estorban (ilustrado por Juan Carlos Reyes Portilla), Euned, San José, 2016, 124 pp.

13626496_1035420709869458_8052376983860654218_n

Cuando leemos un libro cuyo título es Los poetas estorban, podríamos imaginarnos una especie de antipoética o de gesto irónico contra la pose típica de los poetas (solitarios, existencialistas o borrachos, da igual). Pero lo que nos encontramos, digámoslo de una vez, es una defensa total de la poesía como discurso contra el status quo y del poeta como el visionario que estorba al sistema (solitarios, existencialistas o borrachos, da igual). Es decir, estamos ante el cliché del poeta. Ya empezamos mal.

Este libro de Arias es un conjunto de 54 poemas, con 15 ilustraciones a lápiz de Juan Carlos Reyes Portilla, que podrían recordar tanto el trazo de Valverde o de Carballo con cierto aire de Giger. Los poemas abordan dos grandes temas: el amor por un lado y la poesía por otro. En ambos casos, Arias intenta mezclar estilos pero con resultados muy desiguales. Los versos más líricos se juntan con intentos humorísticos; las metáforas amorosas parecen plagios de Arjona y los chistes o ironías le salen muy desabridas.

No más de entrada, el primer poema se intitula (infelizmente) “Brindo por los poetas”. Es decir, la promesa del título se cae a la primera de cambios. “Brindo por los poetas de hoy, ayer y siempre. / Por los que son poetas sin saberlo. / Por los que traen el sol en las suelas de los zapatos y el mañana en sus manos” (p. 1). La invocación, el tono inflamado y el aire debraviano (cfr. p 85) no auguran versos más felices a lo largo del libro.

En “Una tonta historia de horror”, empezamos a notar el lado más coloquial o humorístico: “Miriam nunca tenía la sonrisa puesta en la cara, siempre la traía en su bolso revuelta con las llaves, el celular y las toallas con alas, ´las que te mantienen fresca y segura en esos días´” (p. 9). Un inicio de verdad de horror para un poema que termina aún peor.

Ahí donde los poemas recuerdan a Arjona, y también a Gelman (cfr. p. 95), a Neruda o a Marchena, el aire coloquial tiene ecos inevitables de Girondo: “Poco importa que se oxiden / los anillos de Saturno, que caduque / mi credencial de astronauta a domicilio / o que pierda el casting en blanco y negro / de una película muda” (p. 15).

Un texto como “Poema para un hijo pequeño que le teme a la noche” es mucho mejor, al menos porque destila más sinceridad (o ingenuidad), aunque no contenga grandes hallazgos formales: “Duerme. La noche es un cachorro, hijo, que lame tus manos / si te encuentra despierto” (p. 17). Ejemplos de este estilo se encuentran desperdigados a lo largo del libro, y nos hacen pensar que en alguna parte hay poesía de más vuelo o más frescura luchando por salir, pero que queda enterrada entre un cúmulo de buenas intenciones pero malos resultados.

Versos como “Mi paraguas se suicidó arrojándose al viento” (p. 27) provocan una sonrisa de pena que impide que uno pueda disfrutar con más delicadeza de estrofas como esta: “Hoy llueve, / simplemente llueve. / Soy un barco anclado en la ventana, / y vos, / un océano fantasma” (p. 32).

No es un libro tan breve como la mayoría (aunque uno quisiera que lo fuera), y es posible que algunos poemas puedan apelar a distintos lectores, pero seguimos leyendo y nos topamos cosas como esta: “Desde que tu teléfono y el mío se disgustaron, no nos comunicamos. / Decile a tu teléfono que el mío quiere reconciliarse, / pero que parezca algo de él, no mío, porque el tuyo podría ofenderse” (p. 37). Quienes nos ofendemos ante estas afrentas somos nosotros.

También, si quisiéramos adentrarnos en otras posibilidades interpretativas, no hay duda de que una dosis de teorías de género o queer expulsaría este libro de cualquier reunión: “Cuídese de los escotes pronunciados y las minifaldas, / el amor anda suelto, enamorando” (p. 55). Y es que aparte de la desafortunada mención a la vestimenta, nos preguntamos ¿qué otra cosa podría hacer el amor, sino enamorar? ¿Y qué nos pueden decir de esta joya retórica que arranca el poema “Consejos a una mujer de casa”?: “Encerar los pisos cuando no se tenga compañero de baile. / Practicar el sexo oral tres veces al día, / de ser posible duplicar la dosis al sentirse deprimida y frustrada / por no haber aprendido a tocar la flauta dulce en el cole” (pongámonos delicados, sí, está en la p. 69). De verdad que leer este poema da para un caso clínico. Y esa es solo la primera estrofa.

Pero el libro mismo nos da las claves para saber cómo sentirnos al leerlo: “Desde que William Shakespeare / lee mis poemas bajo tierra / ha comenzado a sufrir de claustrofobia” (p. 58). Qué mejor manera de explicarnos una estética. Qué mejor poética que esta.

El problema, como diría Arjona años después de que Guillermo Dávila dijera que “El problema es que te amo / como nunca a nadie amé”, es que en este libro, el “Amor es cepillarle la sonrisa a la alegría” (p. 60).

Poco a poco, para fortuna nuestra, el libro empieza a cerrar, y la defensa de los poetas y de la poesía se vuelve más evidente. Los poetas son peligrosos, destilan transgresión, y solamente cuando están muertos dejan de estorbar (cfr. p. 107) a los intereses de los poderosos. Sí, estimados lectores, por ahí va circulando este libro, estos poemas, a tontas y a locas, entre lugares comunes y plagios de poesía sentimental y malas canciones populares. Lo cierto es que este poemario de Arias logra convencernos de que los poetas –quién puede dudarlo después leer esto– realmente estorban”.

Veredicto: una estrella y media (para variar un poco)
Sentencia: devolverle a Arjona algunos versos, dejar de estorbar y mandarlo a leer el libro bajo tierra
Cita

“Sombra que soy”: la misma de siempre

Olga Goldenberg, Sombra que soy (Colección Nivel 2.0), San José: Editorial Germinal, 2016, 92 pp.

FullSizeRender

En la contraportada de Sombra que soy, afirma Carlos Cortés: “[Olga] Neologiza, lenguajea, trabalengua, desmemora –como escribe–, resucita una lengua olvidada y la rebautiza con los nombres de la precisión, en una dicción descarnada y puntual, sin desperdicio”. Con semejante promesa nos metimos de cabeza en el libro, tan solo para darnos cuenta de que o Cortés habla de otro libro o que el editor equivocó los textos de solapa. Nada de lo expuesto se cumple.

Así, lo primero que cabe decir sobre este poemario es que se trata de un estilo harto conocido. Los poemas recorren dos clichés: por un lado, el del intimismo (poesía egotista) y por otro el de “lo femenino” (como fecundidad  y sexualidad reprimida). La primera vertiente es típica de gran parte de la poesía costarricense, y en este caso, se trata de una perspectiva bastante ingenua (aquí distinguimos “ingenua” de estéticas naíf o populares) por parte de la autora. Las imágenes de un sujeto lírico que se ve a sí mismo, que interioriza sus emociones, que se visualiza en soledad se repiten sin mayor revelación o novedad: “Las palabras recorren mis sentidos / galopan por mis venas” (p. 8); “Vivir conmigo misma” (p. 9); “Mi soledad y yo cohabitamos” (p. 15). Desde el título, el concepto “sombra” ya viene gastado y no hay nada que lo revitalice: “las sombras nos aguardan” (p. 15). De igual manera, los tópicos de la poesía femenina (o erótica y amorosa, escrita por mujeres; cfr. Istarú, por ejemplo) están presentes a lo largo del libro sin presentar otras posibilidades expresivas o distintas exploraciones del conflicto de género. Que tengamos un poema llamado “Lilith” (p. 45) o textos con la retórica de “La hembra. / La mujer.” (p. 47) nos dicen rápidamente en qué terreno nos movemos.

Por otra parte, ahí donde predomina un intento de lenguaje sencillo y coloquial, encontramos constantemente imágenes que destacan la naturaleza (como vida o dadora de vida, con el paisaje guanacasteco como referente; cfr. “Diosa Madre”, p. 47), a las cuales se le suman otras de tipo trascendentalista (“Conjugabas en verbo de recóndita estirpe / memorias centinela”, p. 73) y muchas otras tan rígidas e insípidas como  “la coherencia absoluta de tus actos” (p. 76).

Una vez más, estamos frente un tipo de poesía que si se lee con poco cuidado podría pasar por “aceptable” o “buena” (cierto ritmo, algunas imágenes, quizás unos cuantos versos), y que frente a un ojo benevolente hasta podría recibir un premio nacional. Ejemplo de esto son los poemas “Verbo” (pp. 41-42) u “Ocultas voces” (pp. 78-82), que empiezan bien y tienen un mejor ritmo, pero que no alcanza. Y el problema es justamente ese, se trata de poesía que acusa falta de rigor, de conocimiento y de visión de parte de quienes escriben y de quienes juzgan. Poesía ingenua, poesía en déjà vu. Es un estilo y una propuesta que hoy no dice mayor cosa, excepto recordarnos parte de la vida interior o de las experiencias del sujeto lírico, que son similares a las de muchas otras subjetividades, y que se pasea a lo largo y ancho del lugar común de lo femenino como sinónimo de vida o como pérdida.

Veredicto: una estrella, malo (sin gracia)
Sentencia: que no haya sombra bajo ningún Guanacaste que la proteja
Cita

“Reino de las cosas perdidas”: una promesa a medias

Edmundo Retana, Reino de las cosas perdidas (Colección Mare Monstrum), San José: EDiNexo, 2016, 60 pp.

Reino Retana

Creemos que en las artes hay un dilema irresuelto: hay obras buenas o malas, sí, pero hay un terreno gris que nos deja un poco con las manos vacías, como esperando algo más, como una promesa por cumplir. Reino de las cosas perdidas, el más reciente poemario de Edmundo Retana, bien podría ingresar en esa difusa categoría intermedia.

Retana tiene ya un camino recorrido en la poesía costarricense. Su último libro hasta hoy era Pasajero de la lluvia (ECR, 2006), y ahora nos trae un breve volumen con un ambicioso título, que parece a medio camino de algo que pudo ser muy bueno. Es un texto tan breve que se lee en cuestión de 15 minutos. No diremos que la brevedad es un pecado, pero no hay duda de que nos hace cuestionarnos el papel de las editoriales y la proliferación quizás excesiva de libros. Hace que nos preguntemos por qué el autor no maduró más el texto, para darle más vuelo. Ahora, bien pudo ser una decisión muy madurada y bien pudo haber cumplido sus objetivos, pero sentimos que sobra precisión y falta riesgo.

En Pasajero de la lluvia, entre otros asuntos, Retana mezclaba poemas sobre la figura paterna con otros de tono amoroso; a la vez, recurría al texto en prosa (de corte narrativo y coloquial) y al verso. En este nuevo libro, compuesto por cuarenta poemas en verso distribuidos en tres partes, se repiten aquellos temas. En la primera parte (I), el hablante lírico interpela al padre y a la madre: “Qué lástima / que no supo usted / tomarme de las manos, / esas mismas / que sembraban / gladiolos / y encumbrarme / en el aire puro / de mis cinco años, / ir juntos / a los potreros / mirarnos en el agua / recién llovida, / más allá / de nuestras / orfandades / padre” (p. 12); “Hurgaron / en mi sombra, / madre, / como en un espejo. / Buscaban en mis ojos / el dolor de los tuyos” (p. 13). La segunda parte (II) adopta un aire existencial: “Ni los libros más hermosos / que voy leyendo / pueden aplacar  / este vértigo de lunes / que me lleva / de las aceras  / al tendido de los cables / donde voy como un equilibrista” (p. 31). En la última parte (III) retoma el problema de la paternidad, pero ahora no solo interpela al padre, sino que el hablante asume el mismo papel: “No soy el padre perfecto. / Me entiendo a gritos / con mis hijos en las aceras” (p. 51). En esta sección, además, encontramos el mejor poema del conjunto: “Hemos sido hallados / por una voz / más antigua que la noche” (p. 54).

La división en tres partes al principio nos resultó algo arbitraria, sensación causada porque por lo general encontramos poemarios cuyas divisiones lo son. También, a pesar de que el libro es breve, creemos que cada parte prácticamente constituye un solo poema, y en ese sentido pudo prescindir de una buena porción de versos. Pero bueno, es evidente que entonces no habría sido posible un libro. Sin embargo, a pesar de esa sensación, a partir de la segunda lectura empezamos a encontrar las conexiones. El texto se construye como una suerte de tesis-antítesis-síntesis. De la infancia y el padre ausente pasamos al sujeto enfrentado con el mundo, hasta llegar de nuevo a sus propios conflictos como padre y como habitante de ese mundo.

Reino de las cosas perdidas tiene versos de alto vuelo, que merecen atención, no hay duda, pero también ofrece vaguedades y versos perezosos: “¿Quién no ha sentido / el miedo / en la punta / de los dedos? // ¿Quién o ha caminado / sin saber / adónde iba?” (p. 33). Como libro, es apenas tibio. La promesa del título es demasiado abarcadora, pero el contenido apenas un vistazo a unas cuantas cosas de ese reino. La estética minimalista funciona en algunos tramos, pero en otros simplemente denota falta de rigor o desidia por explorar nuevas opciones formales. Pero bueno, también es su decisión. En fin, un poemario aceptable que pudo haber sido mejor.

Veredicto: dos estrellas y media (de regular a bueno)
Sentencia: encontrar todas las cosas y traerlas de vuelta
“Reino de las cosas perdidas”: una promesa a medias

“Esta coraza tuya”: haciendo de tripas corazón

Javier Tapia, Esta coraza tuya, San José: Editorial Arlekín, 2016, 120 pp.

corazaX001

Esta coraza tuya parece ser otro debut literario traído por Editorial Arlekín (igual que Un adiós para John Lennon), de un autor cuya formación de base es la psicología. Javier Tapia (1964) es profesor de la Universidad de Costa Rica, y previamente ha publicado artículos y ensayos sobre su especialidad, entre otras actividades.

El libro que nos ocupa tiene una construcción interesante. Se compone de un total de 78 poemas, distribuidos del siguiente modo: los primeros 39 textos (pp. 15-53) están escritos en prosa, al igual que el penúltimo (pp. 118-119). Luego, una serie de 37 poemas en verso (pp. 53-117), más el último (p. 120).

Los poemas en prosa reflejan la formación o los intereses del autor en psicología o filosofía, y presentan un estilo conceptual. Los títulos son significativos: “Mío génesis”, “Co-razón” o “Sístole”, por ejemplo. Se trata de textos que intentan romper con los sentidos convencionales del lenguaje, quizá al modo surrealista, pero la ejecución es ingenua, inmadura. Semejan ejercicios en los que el poeta intenta desatarse, con juegos de palabras o imágenes cuasisurrelaistas, pero que pecan de ininteligibles. Veamos una muestra: “La antagonía pura del fibrómata y la mío génesis, el cantar y bailar andaluz uno de sus hilos carmesí, entre los múltiples cristales cromáticos” (p. 20). ¿¿¿??? Y la mayoría de estos poemas discurren de modo similar, con pocas excepciones, que uno hubiese deseado que fuesen más, como en el poema “Oaxaca”, en el que leemos: “En Oaxaca, la mirada de este niño me escruta, me deconstruye, me deshace” (p. 26). El elemento conceptual se mantiene, pero la ubicación espacial y el sentido de la oración son claros. Vamos, que algo es algo.

Por otro lado, los poemas en verso también ofrecen una consistencia en su forma, pues excepto por algunos versos sueltos o cuartetos, prácticamente todos se componen de estrofas de dos versos. Sin embargo, aunque efectivamente son poemas de tono más lírico en ocasiones, y con mayor eficacia comunicativa, tampoco es que se distinguen muchísimo de los textos en prosa. Es decir, pareciera que la elección de formas no pasa de ser ornamental.

La ejecución de estos poemas también juega con un incipiente intento por que suenen profundos, complejos, pero en lo que termina es en dejar al lector con las manos vacías, pero no por la fuerza expresiva, sino por lo vago de las imágenes. “No me conduzcas / caída la noche // Ni alejes sombras ni / sostengas piernas // En noble retirada / de la melancolía // Subir huellas bajo tu fuerza / en espera de una palabra // Cubierta de tonos / sin flecos ni abalorios // Solo te pido aquel silencio / la mudez // Sutil omisión, custodia / en un templo que elude // Ajar la vida dilatada, decirla / como dique, lastre y rémora” (p. 60-61). A lo mejor somos nosotros, cortos de miras, pero la verdad es que no logramos extraer de aquí absolutamente nada. Es como si la coraza del título cubriera los poemas y evitara que fuesen interpretados. Quién sabe. A lo mejor ese era el objetivo.

Ahora, como ya hemos sugerido, no todos los poemas acusan esa misma “oscuridad”. Lamentablemente, los más diáfanos caen en ingenuidad adolescente, como el poema “Un nuevo amor”, que desde el título se delata: “Siendo tierra / transpiras con prisa // Las hormigas te miran / desde tus pies // En octubre límpida / como en el estío // Voz lenta / vientre volcánico // Enterrar la luz / para recoger tu esencia” (p. 66).

Mención aparte, a lo mejor, merecen las referencias que el autor arroja a lo largo del libro, como un poema cuyo título es “Serrat” (p. 44) o aquel en el que menciona a Cardenal (p. 69). Estas referencias se intensifican en dos textos finales: “Leyendo a Klaus Steinmetz” y “Carta infame y elogiosa a Paul Auster” (pp. 118-119). El primero llama la atención por lo desusado en nuestro medio, pero sobre todo porque no queda claro si se trata de un homenaje o una sátira: “Que poco importa / Si eres celebrante o / tal vez de a pie” […] Tu foto, número uno en Forbes […] Sólo importa que cantes” (pp. 111-112). Invitamos a que lo lean y extraigan sus conclusiones. El segundo, el texto sobre Auster, es efectivamente epistolar, y no evitamos preguntarnos por qué no hay otros poemas similares, pues si hubiese que escoger o destacar uno de todo el libro sería este.

Por último, no dejamos sin apuntar que el poema final, “Colofón”, es un haiku. ¿Guiño? ¿Juego formal? ¿Casualidad? No sabemos: “Escribir para / descender la mirada / y levantarla” (p. 120).

En síntesis, es un libro flojo, con algunos puntos o aspectos interesantes, pero aún poco trabajados, que en última instancia nos deja fríos, como sin mucho por decir, pero no porque se quede dando vueltas, sino porque nos motiva a ponernos a hacer otras cosas. Igual reiteramos la invitación a leerlo y a que se formen sus propias conclusiones. Es uno de esos casos en que desearíamos poder escuchar otras interpretaciones, para enriquecer o corregir las nuestras. Quién quita y a ustedes les guste muchísimo y logren penetrar en los sentidos ocultos que tenga.

Veredicto: una estrella (¿dos?), malo (¿tirando a regular?)
Sentencia: que la sístole de la mío génesis lo acompañe y lo proteja
“Esta coraza tuya”: haciendo de tripas corazón

“Quince claridades para mi padre”: del problema del trascendentalismo

Ronald Campos López, Quince claridades para mi padreAgilice Digital: España, 2016, 40 pp.

Quince-claridades-200x290

Si no nos equivocamos, estamos frente al quinto poemario de Campos López. En todo caso, no hay duda de que se trata de un libro de Campos López. ¿Cómo lo sabemos? La apabullante presencia de interjecciones y exclamaciones lo atestigua. Fuera de ese detalle (y de que sus poemas en principio suelen tocar la temática homoerótica) no habría forma de distinguir el poemario de otros tantos émulos de Laureano Albán y del trascendentalismo costarricense.

Lo que quizá podría redimirlo es que Campos López ha asumido la defensa de Albán y del trascendentalismo de un modo frontal. Es decir, al menos él no niega su filiación. No solo está ligado a los talleres del Círculo de Escritores Costarricenses y de su capítulo en España, Perspectiva Literaria Transcendentalista, sino que además se ha dedicado a estudiar profundamente la obra de Albán, hasta culminar con su tesis de doctorado en ese país.

Las filiaciones no terminan aquí. Como suele darse con autores del Círculo, el texto viene firmado por el “padre”. Esto lo decimos no solo porque Laureano Albán prologa la obra, sino porque lo hace con un poema titulado “Prólogo del padre”, el cual bien podemos leer en doble sentido.

Quince claridades para mi padre es un breve conjunto de –sí, adivinaron– quince poemas, que se supone da cuenta del reencuentro de un hijo gay con su padre. Esto lo sabemos porque la contraportada lo anuncia, nada más, pues con la excepción de uno de los poemas, que menciona de forma explícita una relación amorosa entre dos hombres, no hay prácticamente nada más en el libro que nos lo muestre o sugiera: “por no ser el varón que tú esperabas, / bastón en tu trabajo, en tu vejez, / por decidir amar a otro hombre” (p. 12).

Y aquí viene uno de los aspectos que más se le pueden criticar a los poemas escritos desde la estética del trascendentalismo: no importa el tema ni el léxico, la forma siempre es igual. No existe, estamos claros, una “forma gay” o una “literatura gay”, excepto si nos referimos al contenido; pero si esta poesía pretende romper con estereotipos, ¿cómo lo puede lograr si las palabras que usa son intercambiables y por tanto irrelevantes?

Veamos el inicio del primer poema, “La claridad de tu cama”: “Todo aguarda el sitio preciso / donde volar, tal vez volar, / y para siempre. / Hacia atrás de la lluvia / donde aún muerde el mundo. / ¡Hacia atrás del perdón / y su lámpara en este hospital cómplice / para el dolor, / para el amor! / ¡Hacia atrás, siempre atrás…! / A donde la vida regresa, / porque sabe que ella misma es una lejanía / que por asombro fue creada incompleta” (p. 10).

El énfasis de los signos de exclamación, el carácter vocativo de un hablante lírico exaltado y un léxico gastado son algunos de los puntos negativos. En solo dos versos, por ejemplo, se conjugan “lejanía” y “asombro”, dos palabras que uno consideraría hasta “inocentes”; pero retamos a cualquiera a contar las veces que aparecen en libros de Albán, Dobles, Bonilla o Campos López; o en los de Alejandra Castro o Mauricio Vargas, o en los primeros libros de Gustavo Solórzano o en la obra de Juan Carlos Olivas. La insistencia y manera en que este campo semántico se repite no es casualidad ni señalarlo majadería. Casi que tiene uno miedo de usar tales palabras, no vaya a ser que tengan patente. En el segundo poema, en los dos primeros versos, leemos: “Un día partí de casa buscando / sin saber los asombros” (p. 12). Y seguimos: verso inicial de la “La claridad de la infancia”: “El primer asombro del hombre” (p. 16). ¿Really? ¿Otra vez?

Las sombras, o “el hombre”,  son otro tópico del trascendentalismo, que enfatizan además el lugar común por semejanza sonora: “asombro”, “sombras”, “hombre”. Veamos esta pieza: “Solo el hombre conjura / sus sombras para devolverlas / en forma de amor o de sueños / a un puñado de vértices / invisibles, / a una inolvidable casa que siempre / es toda nuestra sombra” (p. 18). ¿Conjurar sombras para devolverlas a las sombras que son sombras? Como diría Hans Pujenhaimer: “¡Que alguien me explique!”.

Y este es el problema principal del libro. Porque hasta podríamos conceder habilidad en los recursos retóricos, una musicalidad bien manejada y algunas metáforas acertadas, pero fuera de eso se limita a repetir y a exacerbar fórmulas que el mismo Albán acabó copiándose. El mayor pecado del poemario es su irrelevancia, temática o formal. En ninguno de los dos terrenos se atreve a buscar nuevas formas, para hacer y para decir. No podemos dejar de preguntarnos cómo no logra aprovechar algunos atisbos de buena poesía, como en “La claridad del perdón” (pp. 12-13), para romper con lo rígido y predecible de la estética que profesa y defiende.

El glosario trascendentalista podría ampliarse: ceniza, lejanía (lejanísimo), azul (azulísimo), transparencia, sed. El recurso del vocativo: “Toca esta piedra, padre” (p. 26). La utilización de oraciones explicativas (que en ocasiones no tienen antecedente): “Porque las transparencias / en todo nos acechan” (y cinco versos más, pp. 6-7, del prólogo de Albán); “Porque tu deshiciste / en aquel instante la sumisión” (p. 22). Y en fin, la serie de marcas gramaticales que tan fácilmente delatan el estilo.

La estética trascendentalista, tal y como la plantea el Manifiesto trascendentalista (1977), es consistente, no hay duda: no ha variado ni ha aportado absolutamente nada nuevo en 40 años. La pompa y la solemnidad no dan tregua. El tiempo, la memoria, el olvido o la muerte son clichés o remedos de temas. Lo inefable, la transparencia, el destino del hombre (que no del ser humano); el canto, la palabra que todo lo transforma son tópicos que cada uno de los poetas que conformaron el grupo original y sus discípulos no se cansan de tocar, pero siempre del mismo modo. Quizá como maestro, el más distinguible sea Albán; y por las marcas de género, Dobles; pero fuera de eso los poemas de uno y otro, o de un libro a otro, podrían ser exactamente los mismos. Nada se altera, nada cambia en esta imagen perfecta y trascendental en la que insisten, que petrifica todas las posibilidades del lenguaje o de las ideas. Del grupo, el único que superó esa fase adolescente, no solo por su poesía, sino además por su formación, es Carlos Francisco Monge.

Y Campos López ha levantado la bandera del trascendentalismo, no solo como poeta sino también como académico. Se ha empeñado en sostener, a toda costa, un legado que ya hoy resulta rancio e irrelevante, incapaz de un verbo realmente capaz de transformar, de interpretar el pasado, de hablarle al presente y proyectarse al futuro.

Veredicto: una estrella, malo
Sentencia: que el libro se cubra de una ceniza azul y lejanísima
“Quince claridades para mi padre”: del problema del trascendentalismo

360 grados de poesía: es decir, empezamos donde estábamos

Minor Arias Uva, Costa Rica: 360 grados de poesía (ilustrado por Rudy Espinoza),  San José: EUNED, 208 pp., 2016

Arias Uva.jpg

Ya vamos por junio y la cosecha poética en publicaciones parece exigua. Poemarios anunciados y hasta reseñados en medios nacionales resulta que no están en librerías. Y si no fuera porque alguien –no sabemos con qué intenciones– nos puso sobre aviso, ni nos hubiésemos enterado de que se publicó –y se presentó la semana pasada– el libro Costa Rica: 360 grados de poesía, de Minor Arias Uva.

Buscamos el libro y lo primero que llamó nuestra atención es que se trata de un texto con fines educativos, producido por la Universidad Estatal a Distancia (UNED). Esta característica nos hizo dudar de si reseñarlo o no hacerlo. Sin embargo, como hemos pasado tantas semanas a la espera de material nuevo del cual conversar, decidimos acometer la tarea.

Arias Uva es conocido por sus libros y poemas para niñas y niños, y ahora nos presenta un poemario cuyo objetivo es mostrar las bondades naturales del país a los turistas, y creado expresamente para la materia Técnicas de Animación Turística. Desde este punto de vista, llama la atención que la UNED no hubiese decidido utilizar Costa Rica poema a poema, de Julieta Dobles, conjunto de poemas melosos que también busca mostrar la nación desde una perspectiva “optimista”.

Ahora bien, ahí donde el poemario de Dobles es, sobra decir, trascendentalista, el de Arias Uva parece popular, o si preferimos, folclorista. Y no cabe duda de que los estudiantes de Turismo o los incautos turistas aficionados a tucanes y volcanes vayan a preferir esta última opción (vaya usted a saber por qué). Pero bueno, vamos  a lo que nos interesa.

Costa Rica: 360 grados de poesía es un cúmulo de obviedades sobre la naturaleza y las “buenas gentes” de Costa Rica. Los poemas son ingenuos, repletos de ríos, quijongos, monos, arroz con pollo, pinto, marimbas y toda la parafernalia propia de un acto cívico de primaria o secundaria: “Los volcanes son bongoes,  / tenores los congos, / estridentes las guacamayas” (p. 9).  La voz poética se limita a exponer lo que ve o lo que cree ver. “Toda la selva retumba, / las ranas pueblan las sombras. / Huele a lluvia y a danta” (p. 10). Con ojos de ternura, sí, vale, pero que no le impide componer meras odas cursis. Es como escuchar en una repetición eterna la canción “Soy tico”.

Ciertamente Arias Uva tiene una sensibilidad que le permitiría lograr mejores poemas y superar el cliché del Instituto de Turismo; versos como “Quienes perdieron sus casas el año pasado / encuentran en cada trueno, / secos retumbos de nostalgia” ( p. 8) lo muestran, pero estas posibilidades se pierden entre tantas otras referencias superficiales.

Al imaginario de la naturaleza, de cascadas, árboles, hojas, volcanes y yigüirros, se le suma de forma esporádica la referencia a la ciudad, que una vez más, resulta ser la estampa típica del centro de San José: “De nuevo inicia el movimiento matutino / cuando se descargan // carnes, frutas y verduras / en el mercado Borbón / y en el Central” (p. 35). El discurso patriotero y su visión meseteña atraviesan los poemas de cabo a rabo. Aunque a lo mejor debamos rescatar sus menciones a espacios simbólicos poco recurrentes, como al Black Star Line (p. 52).

Quizás la cuarta parte, “La patria en que me habita” (pp. 117-164), intenta romper un poco con la descripción de postal turística, y busca presentar una voz más profunda o meditativa, pero sabe a poco en medio de todo lo demás. Igualmente, poemas previos, como “Los campesinos”, se esfuerzan por ser denuncia, pero se quedan en un terreno debraviano de sobra conocido: “Los campesinos tienen las coordenadas / de Costa Rica en las venas. / Solo piden: / respeto, esencia, semilla propia, / guitarras y cuadernos” (p. 107).

El libro es plano, monótono y repetitivo como esta misma frase. No ofrece nada novedoso e interesante. Pero vamos, que es para estudiantes de Turismo y para turistas, así que vale, y muy probablemente cumpla su propósito. En ese sentido, además de los poemas como corpus central, presenta glosario y actividades pedagógicas. Y qué glosario. Se toma el tiempo de explicarnos el significado de la palabra “barro” (p. 3), por ejemplo, término arcano, concepto abstracto y muy propio de la región… del planeta Tierra. O el de “guirnaldas” (p. 98).Y como es para turistas, y de Estados Unidos nunca nos visitan, también nos explica quién era Abraham Lincoln (p. 102). Aunque valga decir que esto del glosario a lo mejor no es responsabilidad del poeta, sino de los encargados de la academia en la UNED.

Costa Rica y su poesía: una estampita folclórica que nos encanta mostrar.

Veredicto: dos estrellas, regular (siendo condescendientes)
Sentencia: usar de por vida una guayabera con tucanes
360 grados de poesía: es decir, empezamos donde estábamos