“Challenger”: la metáfora de un transbordador

Camilo Retana, Challenger, San José: EUNED, 2016, 92 pp.

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Hace 30 años el transbordador espacial Challenger explotó poco después de su despegue. Una de las tragedias más simbólicas de finales del siglo XX. Por otra parte, los años 80 fueron el cruce de eso que los publicistas han llamado generación X y generación Y (millennials), y Camilo Retana es un claro ejemplo de ese cruce.

Challenger (un breve volumen dividido en seis partes) es el segundo libro de Retana, uno en el cual intenta dejar atrás ciertas marcas del estilo de Luis Chaves presentes en su primer trabajo, Mala estirpe (Perro Azul, 2007), algo que logra con creces. A la vez, se hace evidente ese ADN de la cultura pop tan presente en la poesía de tono coloquial (la mal llamada en nuestro país antipoesía), que podemos observar en autores como Felipe Granados, Alfredo Trejos, Jonatan Lépiz o William Eduarte.

Uno de los rasgos o constituyentes retóricos de esta “antipoesía” consiste en poemas que presentan anécdotas o hechos históricos, los cuales desembocan en algún tipo de (anti)moraleja. Este rasgo, tan evidente y gastado, aparece en la primera parte de este libro, y eso decepciona un poco: “Yuri Gagarin viajó al espacio un 12 de abril de 1961. // Más tarde, / convertido en un bebedor empedernido, / se lanzó desde un segundo piso / y estrelló su cráneo contra el suelo. // Desde el espacio / se ven cosas / que nadie debería ver. // Desde el espacio / el mundo es un punto diminuto, / insignificante” (p. 3). Esta primera parte se compone de siete poemas (numerados), y los cuatro primeros recurren a este truco, lo cual acentúa el recurso y provoca que pierda eficacia.

En la segunda parte, dicho recurso cede su espacio, y permite la aparición de otros temas, como el de la escritura: “Los poemas no cambian a nadie” (p. 13); sin embargo, el tono y la forma tampoco cambian. Hay textos en exceso breves que hacen suponer que algo más pudo ser posible: “Como Gasparov [sic] / triste / silente / frente a la máquina” (p. 14). Tanto esta parte como la primera han permitido, eso sí, establecer una atmósfera y una cierta “emocionalidad” de la pérdida y un cuestionamiento existencial.

La tercera parte resulta la más interesante, sin lugar a dudas, pues ofrece un giro que dota al conjunto de un poco más de dinamismo, al insertar la figura de Jesús y establecer un paralelismo entre este y el astronauta desconocido que viaje en estas páginas. La soledad de un dios arrojado al mundo por su padre es a la vez la soledad de un astronauta arrojado al vacío del cosmos. “Estoy sentado a la diestra del padre. // Me arrojo al vacío / pensando en otro tiempo, en otras manos. // Pero he aquí que me despierto / y sigo cayendo” (p. 24). Las preguntas existencias de uno son las del otro, el dolor de uno es el dolor del otro: “Tuve que detenerme / y pensar: / Dios, / desde los cielos, / ¿veía en la cruz / un punto iluminado?, / veía dentro de la cabeza sangrante / de su hijo?, / veía acaso / la corona de espinas? // Tuve que detenerme / y preguntar: / ¿alcanzaba Dios a ver / la inscripción / sobre el cuerpo mancillado de su hijo?” (p. 25).

La cuarta parte retorna a una voz más terrenal, si se quiere. El hablante lírico vive inmerso en un mundo lleno de cotidianidad en el que el amor también es un signo abierto y en devenir: “No tengo nada que confesar / ni dinero para analizarme (p. 36); “Con la disciplina de un samurái / me preparo el desayuno (p. 37); “Te declaré mi amor a oscuras / y en silencio. / Pero luego te besé desesperadamente. […] // En vos busco a todas las mujeres / que alguna vez amé” (p. 38).

La quinta parte nos siguiere que los poemas son “testamentos secretos de algunos astronautas”, pero de nuevo, el tono lo contradice, porque sentimos que se trata de la misma voz que nos ha venido hablando desde el inicio: “Puse mi pie en la luna / como una bailarina rota (p. 51). Aunque esto no obsta para que haya versos logrados con sutileza: “¿Querés saber cómo es el espacio? / Pensá en tu nombre pronunciado / sobre el fondo de la noche” (p. 52).

Sucede lo mismo con la última parte, la cual se anuncia como el diario del astronauta Z, nuestro astronauta desconocido, pues de inmediato nos damos cuenta que ha sido él quien nos ha hablado a lo largo del libro, y esta sección funciona a modo de recapitulación: “Si Dios viera este rincón / donde nos apiñamos a veces / se sentiría miserable / por haber creado el mundo” (p. 55); “En la madrugada / cuento las horas / que me quedan por dormir. / Vos estás dormida / y no te importa (p. 60); “¿Recordás las voces / que te llegaban / diferidas / del espacio” (p. 61).

Challenger es un poemario cuidadosamente construido. Las diferentes partes otorgan al conjunto cierta prestancia y no hay duda de que encontramos momentos de gran fineza y hondura emocional, pero se trata también de un poemario que no logra alzar vuelo por completo, como si de una metáfora de la nave espacial que explotó en los televisores de muchas casas se tratara. Es un libro que resulta plano o predecible a ratos, quizá excesivamente cuidado, tanto que termina por diluir su “esencia” al extremo, algo que hemos apuntado respecto de otros poemarios costarricenses. ¿A qué se debe esto? A lo mejor a  ese afán por la brevedad que muchas veces más bien acusa falta de riesgo. No lo sabemos. En todo caso, sentimos que Challenger es un poemario que merece ser leído, a pesar de estos desperfectos mecánicos que hemos apuntado.

Breve nota final:

Como ya se nos ha empezado a hacer costumbre, vale la pena mencionar la portada. Un nuevo caso de doble personalidad de la EUNED. En esta ocasión para bien, pues consideramos que se trata de un gran trabajo, de una buena imagen perfectamente aprovechada.

Veredicto: dos estrellas y media (de regular a bueno)
Sentencia: que orbite eternamente alrededor de la tierra con una versión de “Space Oditty” cantada por Arjona
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