“Letra espina”: cuando la espina pierde su capacidad de herir

Vilma Vargas Robles, Letra espina, San José: Arboleda, 2016, 92 pp.

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Vilma Vargas pertenece a la generación de Ana Istarú, y por extensión, a la generación dispersa, que empezó sus andanzas en los años 80. En 1983 obtuvo el Premio Centroamericano Juan Ramón Molina del Ministerio de Cultura de Honduras, por su libro El fuego y la siesta y en 1993 publicó El ojo de la cerradura (Editorial UCR). El dato generacional no es menor, pues su trabajo en Letra espina responde a una serie de tópicos propios del desencanto o las luchas sociales por un lado y de los feminismos de segunda y tercera ola por otro.

El estilo de Vargas es reposado, sus poemas breves. El tema del silencio es recurrente y los textos se enmarcan dentro del intimismo. El sujeto lírico sale al mundo unas cuantas veces para interpelar (con un matiz epistolar) a un sujeto otro que se le hace distante, que le hace daño. Todo esto podría ser perfectamente válido si los poemas ofrecieran un poco más de garra, fuerza o personalidad. Y es que conforme avanzábamos en la lectura sentíamos que estábamos frente a un solo poema largo, gracias a esa monotonía que es marca de la literatura costarricense, algo que pudimos observar en Reino de las cosas perdidas, de Edmundo Retana. En ese sentido, igual que el libro de Retana daba la sensación de ser un solo poema en tres partes (suficiente para integrar un libro pero no para ser libro él solo), este poemario de Vilma bien podría consistir en cuatro poemas, correspondientes a las cuatro partes en que se divide el texto. Al menos sí podemos decir que en cada parte se nota un elemento específico.

La primera parte, “Boleros y otros”, introduce esa voz que habla desde sí y desde su silencio, es una voz que se dirige a otro, que parece haber compartido tanto como haber herido. Algunos ejemplos: “Sabés, a veces tengo miedo / de no hablar más” (p. 11). “Te llamé hoy antes del atardecer. / Por supuesto nadie me contestó. / […] Después empecé mi monólogo, recorriendo la casa extraña” (p. 13). “Sí, soy Emma, ahora abre la puerta, Charles, / […] Soy yo la desterrada, y tú el cristal / almendrado del arsénico. Yo moría cada día a tu lado, / y tomé la diligencia y me ocupé de vivir mi travesía” (p. 18). Esta voz seguirá apareciendo a lo largo del libro, como en “Creernos vivos” (p. 74).

La segunda parte, “El único alejamiento”, se enfoca más en poemas de corte social, como “Olímpicos”: “Reunidos ante el espectáculo / cada uno vocifera desde su nicho / y decimos ay que bonito a una sola voz. / […] Somos la puta hambre que amputa vidas. / Hoy toda la mancha humana sangra / desde la pantalla el alarido de nuestra barbarie” (p. 23). El texto es una clara alusión a la polémica que rodeó los recientes juegos olímpicos en Brasil, desde que dicho país fue anunciado como sede.

“Las ceibas o el eterno presente”, la tercera parte, presenta la temática familiar, los vínculos que se tejen y los que se rompen. “Al paso del crujido de los horcones, / conmigo llevo la casa de mis abuelos” (p. 51). “Roto el vínculo de la sangre, hablé desde la muerte / y repicó en mí su hondonada” (p. 52). Esta parte, sin duda, ofrece algunos momentos de mayor desgarro emocional, que al menos elevan el octanaje de los versos por unos instantes: “Hoy amanecí huérfana. Ansiosa de una tía, de un hermano que visitar, de una mesa de familia”. También, encontramos algunos gestos irónicos, pero que en su brevedad se quedan en tímidos intentos: “La hija no le perdona el fracaso con el padre. / La madre no le perdona perder el marido. / Ella no se perdona haberles fallado” (p. 55).

La última parte, “Letra espina”, se concentra en el problema del sujeto como escritor y de la poesía. Se trata de una voz crítica, que empieza con fuerza aunque luego se diluye: “Sospecho del acto de escribir, / la poesía es un río de lodo y piedras, una avalancha” (p. 79). La voz femenina resurge y se cuestiona su papel: “Ya no quiero ser escritora. / Yo creí que este oficio era la libertad” (p. 81). La escritura se ve entonces como el acto liberador total pero a pesar de ello siempre incompleto. La voz femenina que nos ha guiado lanza un último grito de guerra: “Ni amante madre, ni amante hija, ni la mejor amiga, / tampoco la eterna esposa ni la mejor cama de nadie. / Solo el imperfecto corazón, / entre tanta benevolencia” (p. 83). Y en el poema final, donde alguien le ofrece el suicidio, la poeta enarbola una sonrisa como “defensa” (p. 85).

Letra espina no deja de ser un libro con buenos momentos, pero que se pierden entre la banalidad de lo ya dicho tantas veces de la misma forma. Las temáticas femeninas no ofrecen aquí ningún enfoque novedoso. El sujeto lírico entabla un monólogo desde el silencio que se la ha impuesto, se identifica con madame Bovary, cuestiona el papel de Dios / hombre, habla también con una hija nacida de una relación dolorosa. Todos estos enfoques importantes pero que formalmente se quedan cortos a la hora de plantear una ruptura de más peso (ideológica, filosófica o estética) con ese mundo patriarcal que subyuga y reprime. En suma, una oportunidad desperdiciada.

De la poesía escrita y publicada por mujeres en los últimos años, tres ejemplos, entre varios, que parecen tomar otro rumbo: María Montero, que aunque cercana a los feminismos, posee un desenfado que aporta frescura; Angélica Murillo, que juega con temas mitológicos y Silvia Piranesi, que se aleja de esos lugares comunes para jugar más con el material lingüístico. En general, la presencia de la sexualidad, del amor de pareja, de la voz silenciada que busca su liberación se han convertido en los lugares comunes en la mayoría de autoras. Como en toda obra de marcado acento político, todo esto es fundamental, pero si no hay un correlato formal que acuerpe las propuestas, nos quedamos en un plano meramente discursivo, que perpetúa estereotipos en vez de ofrecer nuevos paradigmas.

Insistimos en que no es la temática el lugar común, sino la forma. Así, la poesía de Letra espina, aunque sutil en ocasiones, sugerente en otras, no logra salir del campo semántico señalado y de las formas acostumbradas. Un libro más en este mar de libros.

Veredicto: dos estrellas (regular)
Sentencia: Grabar en piedra: “La letra con sangre entra”.
Nota bene, veredicto y sentencia para la portada: En un concurso de las portadas más feas, la editorial Arboleda lleva una ventaja considerable. El mal gusto, lo kitsch, en su máxima expresión. El collage como técnica cursi llevada al paroxismo. En este apartado, compite con la portada de Vocación de herida. Pésima portada, sentenciada a usar bolsa de papel.
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