Dos libros de Lucía Alfaro: uno no, el otro tal vez

Lucía Alfaro, Vocación de herida, San José: Euned / Poiesis, 2016, 84 pp.

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El trascendentalismo aspira a evocar lo inefable, a alcanzar la trascendencia del ser humano. Al menos así lo expresa su Manifiesto y en decenas de prólogos y contraportadas de libros enmarcados en esta tendencia. Tal búsqueda se materializa en una predilección por la metáfora abstracta como vehículo expresivo. De esta manera, es fácil encontrar “azules”, “lejanías”, “silencios”, “dolores tristísimos”, “tiempo” y “soledades” en consonancia con la “ceniza”, el “crepúsculo” o la “muerte”. Tal movimiento se afinca en nuestro país, además, como una respuesta a la poesía de la experiencia y de compromiso social que proliferó en España y América después de 1950.

Así las cosas, cuando los poetas trascendentalistas –acusados de solipistas– han intentado tocar problemáticas sociales, se han  mantenido fieles a la metáfora, al concepto de que toda experiencia humana puede ser “traducida” a un supuesto lenguaje poético. Ejemplos destacados tenemos en Laureano Albán, con Biografías del terror (1984), por ejemplo. Sin embargo, en ese libro, que contiene poemas de gran factura, la temática social existe solamente porque cada poema se acompaña de un resumen de las actas policiales sobre casos de desaparecidos durante las dictaduras en Suramérica de los 60 y 70. Si no fuera por esas actas, los poemas podrían haber estado en cualquier otro libro de Albán, porque formalmente no hay diferencia, excepto porque la noción de la “muerte” lo atraviesa todo.

Vocación de herida, de Lucía Alfaro, opera bajo el mismo sistema. Los poemas que conforman este libro intentan tocar la problemática de la niñez abandonada, y en algunos casos, nos encontramos, como notas al final, con resúmenes de noticias de periódicos que dan cuenta de casos de violencia en contra de la niñez. Pero el estilo es el mismo estilo trascendentalista de siempre, donde las imágenes son intercambiables, y bien podrían estar en uno u otro poema que no notaríamos la diferencia.

El libro entonces apela al lector pero de manera superficial, meramente emotiva, sin profundizar en causas. No se trata de un ensayo, nos dirán. Cierto. Pero si la literatura aspira a ser relevante, no basta con el tema o con las intenciones. Es indispensable que haya un trabajo formal, que las palabras adquieran fuerza y profundidad. Hay metáforas, hay imágenes, pero esa transición entre la experiencia y el lenguaje poético resulta forzada.

Tal y como ya habíamos señalado, a propósito de la reseña del libro Quince claridadades para mi padre, el trascendentalismo se plagia a sí mismo, se repite, sin ofrecer ninguna novedad. Desde el título podemos verlo. Una rápida mirada a títulos recientes del movimiento trascendentalista nos demuestra la estructura que se sigue: Trampas al tiempo, Sed de otras piedras, Estalactitas del tiempo, Migración a la esperanza, Vocación de herida.

El poemario contiene 32 textos, estructurados en tres partes. El primer poema, “Sin credo”, no solo hace referencia a un canción popular (“Si bastasen un par de canciones”, de Ramazzotti), sino que de entrada contradice lo que hemos argumentado hasta ahora, y el tono conversacional y directo parece augurar otro tipo de libro: “Por cada niño muerto, violado / y torturado hay un sinfín de niñas / y niños que no vemos” (p. 3). Sin embargo, conforme avanzamos, empezamos a notar los mismos giros, tropos y matices: “Y es que no sé cómo acallar la duda, / estos relojes que arden / tan despacio en las sienes” (p. 5). ¿Qué quiere decir este hablante lírico? La poesía no se explica, nos dirán. Concordamos, pero por lo general “dice” algo.

El sujeto lírico de estos poemas parece debatirse entre el uso y abuso de toda esa parafernalia trascendentalista y un discurso más directo, pero aún no ha encontrado la manera. Ahí donde nos lanza un “maldito homicida”, le sigue otra estrofa donde “un hipocampo agoniza en mis venas” (p. 7). Hay momento más precisos, como en el poema “Cicatriz”, que dice: “Infancia: / arcoíris casi tocando el cielo agujerado y solo, / la sangre se evapora en mil colores / y solo queda el llanto” (p. 8). Este cuarteto bien podría ser el tono del libro, la dirección, una visión para nada idílica de la infancia, sino como un vacío doloroso. Pero a momentos como este se le suman y suman versos incomprensibles: “deja astillarse ya / tu nuez de niebla” (p. 15). ¿Qué es una “nuez de niebla”? Es que hasta las mónadas de Leibniz tienen más sentido.

En las partes II y III, la temática de denuncia parece diluirse aún más, o mejor dicho, los poemas adquieren un tono más intimista o de temáticas feministas, como sugiere el título de la tercera parte (“Habitación propia”), en clara referencia a Virginia Woolf. Pero los intentos más apasionados naufragan en la vaguedad: “Me disfrazo de azul” (p. 56) o “Cada fruto enmudece / calando el horizonte / después de un despertar / de intrépidos azahares” (p. 58).

La poesía de Alfaro tiene buen ritmo, no hay duda; tiene momentos en que parece despegarse del vacuo ropaje trascendentalista, pero se pliega a sus designios. Como si esa libertad que pide o exclama no lograra ser suficiente para liberar al sujeto lírico de las ataduras de una estética marchita. Si tan solo aceptara que son otros sus intereses y otras sus posibilidades, quizá su poesía podría ser capaz de ofrecer nuevos rumbos, con búsquedas más concretas y claras, más relevantes en tanto discursos de denuncia, sin caer en el panfleto. Porque al final el temor del trascendentalismo es sonar a lenguaje cotidiano, sonar a consigna, a bandera; pero ese ha sido siempre el temor de todo gran poeta. Lucía debería desprenderse de ese temor y aspirar libre a otros universos expresivos.

Veredicto: una estrella, malo
Sentencia: que visite la feria vocacional de la UCR, por el bien de los niños y de las niñas

 

Lucía Alfaro, Antagonía, Colección La Noctámbula, Madrid: Torremozas, 2016, 58 pp.

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Publicado en España a inicios de este año, gracias a la recién finalizada feria del libro pudimos adquirirlo, en el puesto de la Editorial Poesis. Se trata del poemario Antagonía. Y aunque publicado antes que Vocación de herida, decidimos reseñarlo de segundo porque continúa mostrando ese especie de debate en la poesía de Alfaro entre el trascendentalismo de siempre y un lenguaje más diáfano. El solo hecho de tener un título con una sola palabra ya es un avance.

El libro consta de 26 poemas, distribuidos en dos partes, y sus temas son marcadamente feministas. Eso sí, entrever esto se debe en gran parte a los paratextos, sea por las dedicatorias a mujeres o a los epígrafes de Pizarnik o Woolf.

Formalmente, el primer poema anuncia un cambio, el deseo del sujeto lírico que dice: “ya no quiero esconderme / detrás de las metáforas” (p. 16). Es decir, de nuevo estamos frente a esa disyuntiva, frente a ese rompimiento. Y en el poema “Lunes” (p. 17) continúa ese estilo. Y no se trata de ser parco o coloquial per se, porque el siguiente poema (“La casa”) finaliza con una metáfora enorme, de gran fuerza: “La noche / es una gaviota enferma / que agoniza en mis ojos” (p. 18). Pero una vez más, todo eso queda en promesa. Conforme avanza el libro, la capa de metáforas trascendentalistas se vuelve de nuevo agobiante, y no deja respirar lo suficiente esa otra voz que en el fondo ya creíamos intuir: “Ahorcaré la gloria del reloj en la sala” (p. 19) ¿¿¿???.

Los poemas en Antagonía tienen más vitalidad y se muestran más aguerridos: “Soy la cueva donde anidan los pájaros / que salen del infierno, / heredera de los escombros” (p. 21). Quizá algo efectistas, pero al menos ofrecen una pasión más honesta. Las metáforas perfilan mejor sus contornos en bastantes tramos: “Aquí en la periferia / de esta espuma / solo el mar es cierto” (p. 26), pero naufragan irremediablemente en otros: “Hoy las olas volvieron a incensar / sus augurios de sal / en mis pupilas” (p. 27).

Insistimos entonces en que el trabajo de Alfaro se sustenta en la estética trascendentalista, pero que debajo parece bullir otra estética, otros estilos. ¿Por qué cuesta tanto desprenderse de ciertos excesos retóricos? A lo mejor puede ser porque ofrecen la seguridad de la musicalidad, el chance de cierta plasticidad muy conveniente para eso que tradicionalmente consideramos poesía. Pero creemos de verdad que Alfaro podría ofrecernos nuevas perspectivas más adelante. Casi que nos atrevemos a sugerir que un acercamiento a Anne Carson sería más que beneficioso.

Veredicto: dos estrellas, regular
Sentencia: ser antagonista de sí misma hasta descubrir su verdadera voz (si algo así existe)
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