“Los poetas estorban”: y no se dan cuenta, que es lo peor

Adrián Arias Orozco, Los poetas estorban (ilustrado por Juan Carlos Reyes Portilla), Euned, San José, 2016, 124 pp.

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Cuando leemos un libro cuyo título es Los poetas estorban, podríamos imaginarnos una especie de antipoética o de gesto irónico contra la pose típica de los poetas (solitarios, existencialistas o borrachos, da igual). Pero lo que nos encontramos, digámoslo de una vez, es una defensa total de la poesía como discurso contra el status quo y del poeta como el visionario que estorba al sistema (solitarios, existencialistas o borrachos, da igual). Es decir, estamos ante el cliché del poeta. Ya empezamos mal.

Este libro de Arias es un conjunto de 54 poemas, con 15 ilustraciones a lápiz de Juan Carlos Reyes Portilla, que podrían recordar tanto el trazo de Valverde o de Carballo con cierto aire de Giger. Los poemas abordan dos grandes temas: el amor por un lado y la poesía por otro. En ambos casos, Arias intenta mezclar estilos pero con resultados muy desiguales. Los versos más líricos se juntan con intentos humorísticos; las metáforas amorosas parecen plagios de Arjona y los chistes o ironías le salen muy desabridas.

No más de entrada, el primer poema se intitula (infelizmente) “Brindo por los poetas”. Es decir, la promesa del título se cae a la primera de cambios. “Brindo por los poetas de hoy, ayer y siempre. / Por los que son poetas sin saberlo. / Por los que traen el sol en las suelas de los zapatos y el mañana en sus manos” (p. 1). La invocación, el tono inflamado y el aire debraviano (cfr. p 85) no auguran versos más felices a lo largo del libro.

En “Una tonta historia de horror”, empezamos a notar el lado más coloquial o humorístico: “Miriam nunca tenía la sonrisa puesta en la cara, siempre la traía en su bolso revuelta con las llaves, el celular y las toallas con alas, ´las que te mantienen fresca y segura en esos días´” (p. 9). Un inicio de verdad de horror para un poema que termina aún peor.

Ahí donde los poemas recuerdan a Arjona, y también a Gelman (cfr. p. 95), a Neruda o a Marchena, el aire coloquial tiene ecos inevitables de Girondo: “Poco importa que se oxiden / los anillos de Saturno, que caduque / mi credencial de astronauta a domicilio / o que pierda el casting en blanco y negro / de una película muda” (p. 15).

Un texto como “Poema para un hijo pequeño que le teme a la noche” es mucho mejor, al menos porque destila más sinceridad (o ingenuidad), aunque no contenga grandes hallazgos formales: “Duerme. La noche es un cachorro, hijo, que lame tus manos / si te encuentra despierto” (p. 17). Ejemplos de este estilo se encuentran desperdigados a lo largo del libro, y nos hacen pensar que en alguna parte hay poesía de más vuelo o más frescura luchando por salir, pero que queda enterrada entre un cúmulo de buenas intenciones pero malos resultados.

Versos como “Mi paraguas se suicidó arrojándose al viento” (p. 27) provocan una sonrisa de pena que impide que uno pueda disfrutar con más delicadeza de estrofas como esta: “Hoy llueve, / simplemente llueve. / Soy un barco anclado en la ventana, / y vos, / un océano fantasma” (p. 32).

No es un libro tan breve como la mayoría (aunque uno quisiera que lo fuera), y es posible que algunos poemas puedan apelar a distintos lectores, pero seguimos leyendo y nos topamos cosas como esta: “Desde que tu teléfono y el mío se disgustaron, no nos comunicamos. / Decile a tu teléfono que el mío quiere reconciliarse, / pero que parezca algo de él, no mío, porque el tuyo podría ofenderse” (p. 37). Quienes nos ofendemos ante estas afrentas somos nosotros.

También, si quisiéramos adentrarnos en otras posibilidades interpretativas, no hay duda de que una dosis de teorías de género o queer expulsaría este libro de cualquier reunión: “Cuídese de los escotes pronunciados y las minifaldas, / el amor anda suelto, enamorando” (p. 55). Y es que aparte de la desafortunada mención a la vestimenta, nos preguntamos ¿qué otra cosa podría hacer el amor, sino enamorar? ¿Y qué nos pueden decir de esta joya retórica que arranca el poema “Consejos a una mujer de casa”?: “Encerar los pisos cuando no se tenga compañero de baile. / Practicar el sexo oral tres veces al día, / de ser posible duplicar la dosis al sentirse deprimida y frustrada / por no haber aprendido a tocar la flauta dulce en el cole” (pongámonos delicados, sí, está en la p. 69). De verdad que leer este poema da para un caso clínico. Y esa es solo la primera estrofa.

Pero el libro mismo nos da las claves para saber cómo sentirnos al leerlo: “Desde que William Shakespeare / lee mis poemas bajo tierra / ha comenzado a sufrir de claustrofobia” (p. 58). Qué mejor manera de explicarnos una estética. Qué mejor poética que esta.

El problema, como diría Arjona años después de que Guillermo Dávila dijera que “El problema es que te amo / como nunca a nadie amé”, es que en este libro, el “Amor es cepillarle la sonrisa a la alegría” (p. 60).

Poco a poco, para fortuna nuestra, el libro empieza a cerrar, y la defensa de los poetas y de la poesía se vuelve más evidente. Los poetas son peligrosos, destilan transgresión, y solamente cuando están muertos dejan de estorbar (cfr. p. 107) a los intereses de los poderosos. Sí, estimados lectores, por ahí va circulando este libro, estos poemas, a tontas y a locas, entre lugares comunes y plagios de poesía sentimental y malas canciones populares. Lo cierto es que este poemario de Arias logra convencernos de que los poetas –quién puede dudarlo después leer esto– realmente estorban”.

Veredicto: una estrella y media (para variar un poco)
Sentencia: devolverle a Arjona algunos versos, dejar de estorbar y mandarlo a leer el libro bajo tierra
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2 comentarios en ““Los poetas estorban”: y no se dan cuenta, que es lo peor

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